El discurso estaba estirado de tanto repetirlo, estirado y lleno de huecos. Y es que lo repetía tantas veces, tantos vagones caminaba repitiendo esas palabras, frente a miles de personas que emprendían cientos de viajes para escucharlo cada uno por lo menos una decena de veces.
Estirado, con agujeros y sin textura. El tono era uno solo, casi sin pausas, respirando entre final y principio sin abrir la boca a menos que los mocos le impidiesen respirar. Y si era molesto decirlo, aunque en realidad no lo era, peor resultaba escucharlo. Porque desde el asiento estático, viendo a la ciudad que se movía, o con la vista semitapada por un brazo tomando un barandal, se sentía tan fatigoso que ni en pensar por sobre eso se podía. Y pensar sobre eso tal vez hubiese sido saber que peor sería repetirlo, ser un prometeo del tren con los papelitos gastados, arrugados, y tantos no gracias de gente fastidiada por uno mismo y por todos los demás.
Pero el fastidio era general, y muy particular hacia el fondo del exacto vagón del medio, ese que nunca se reconoce porque el que busca apunta al primero o al último. Era particular hacia el fondo, asiento que avanzaba hacia atrás, viendo despegarse del tren piedras, alambrados y casas, o edificios cerca del centro. Y era fastidio más que particular, era puntual, justo, cabal, fastidio de preguntarse que tanto más sería conforme se fuese acercando, con la voz más aguda, el discurso gastado y harapiento bajo los efectos de doppler. Y de seguro sería punzante y latoso, y peor aun con ese papelito puesto en la falda, sordo el papelito al no gracias inmenso y tajante que se proponía como un puñal de los de protocolo. Fastidioso al punto de sentir un castigo por viajar en tren, por no tener un auto, por tener que compartir espacio, aire, con esa gente, gente que traía sus aires de esos barrios, barrios que de seguro tenían guardados aires de esos países que no eran suyos y por suerte jamás lo serían. Se acercaría limosneando y la obligaría el aire a bajar la vista como si esa masa de carne y hueso que con vida decimos persona fuese a quemarle las corneas, no te pongas vizca que te vas a quedar así le decían, y no los mires a la cara.
Bajaba ya la vista, practicando para tener algo que hacer, pero con la mano descuidada y suelta sobre el pelo. Y a la mano suelta fue a parar no un papel, sino un cartón con alguna cosa para, paradoja, el pelo, y consciente de lo que tocaba sus dedos lo dejó caer, lamentando no poder verla levantarlo, por las corneas claro. Tampoco pudo verla clavar sus ojos en sus manos, en su pelo, y bajar hacía el cuello. Los sintió en todo su recorrido, pero como si fuese un tigre lo que la acechaba, no movió un músculo.
Indignada en su dignidad de estación rivadavia, giro el punto hacia la cara, y con el, todo el cuerpo. Quedó de frente a ella, las manos apoyadas en sus propias piernas, frente al libro de la otra que seguía protegiendo su vista hacia abajo.
La mirada le pesaba ya en los ojos y el discurso seguía, saliendo por una boca para entrar sólo en sus oídos, La cinta larga y desmembrada entraba infinita pero ella seguía firme en ignorarla. Al final una mano obvia la tomo bajo la quijada intentando levantarla, y quedaron ojos con ojos, órbitas encontradas. Junto con los ojos, el cartón fue a parar de prepo y nuevo a su falda, o al libro sobre ella en realidad y cayó al suelo de ese tren en movimiento. Los ojos de papel gastado ajaron al cartón gritando un fuerte levantalo, mientras la boca seguía mentiendo cinta por los oídos. Otro final y otra mano golpeó la de la quijada, antes de levantarse de un salto y sin tocar, despejar el camino. Desde el piso un pie intento soltarse de una mano que buscaba frenarlo, consumó el otro taco que sacó música de huesos.
Casi con coordinación perfecta con el tiempo se abrieron las puertas y salio ese todo, son cartones y con miles de ojos que, poco interesados, lo consideraban llenos de nada.
Fue en realidad como el arbol cuya rama al caer no suena porque nadie la escucha, no conocía a nadie en el tren y a nadie e interesaba ese masacote de discursos monofònicos aun estirado en el suelo, todos tenían córneas y planeaban concervarlas.
Pero otro todo y nada bajó detrás de ella, se había soltado rápido y mejor le parecía seguirla al salir, mirarla como quien sabe las cosas y nada más, era así de fácil si en trenes se encontraban.
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domingo, 9 de agosto de 2009
viernes, 14 de noviembre de 2008
sobre su espalda
Acostada sobre su espalda, la música no la dejaba escuchar sus pensamientos. Acostada sobre su espalda, las sábanas y el colchón, la música también estimulaba esos pensamientos. El libro que leía también tenía su parte, entreteniéndola hasta el punto de hacer conjeturas propias sobre el tema, y aburriéndola de manera que su mente tenía que salir a buscar otros rumbos. Ahí entraba en juego la música, no de nuevo, sino todo el tiempo, porque el proceso era uno solo.
Perdida y encontrada en sus cavilaciones, no se dio cuenta al instante que no estaba sola en el cuarto. Había una chica ahí sentada, apoyada en una de sus sillas, cruzada de piernas, que la miraba insistente. Qué fastidio hubiese sido darse cuenta antes y perder la nebulosa en la que estaba metida su mente, pero en algún momento iba a tener que pasar, verla viéndola, y tener que hacer todo lo que demande la cortesía.
Hasta ese momento, en su interior, el cuarto estaba vacío. Era todo un espacio inmenso, lleno de aire, muebles y música, en el que lo único que se movía era el aire que ella inhalaba y exhalaba, mas al darse cuenta de que esta chica estaba sentada ahí, el cuarto se volvió pesado, lleno de cosas, gente, presión, mucha presión. Sentía la distancia y la cercanía, sentía la mirada como una luz de lámpara, concentrada en el origen y dispersa sobre ella toda. Por un tiempo, un tiempo muy corto por supuesto, no recordó lo que tenía que hacer, o no pudo descifrar que seguía ahora. En segunda se incorporó, puso el separador y cerró el libro, dando muestras, perceptibles solo para su mente, de que esto la fastidiaba. Se sentó y la miró, pero no dijo nada. Se tocó el pelo y bajó la mirada. ¿Cómo era posible que una sola persona, un volumen de masa tibia, produjera ese efecto en una habitación? No le interesaba preguntarse pro qué estaba allí, ni que era lo que quería, su mente estaba llena de la presión que ejercía tener a otra masa tibia, ajena a la suya, en la misma habitación. El peso de que alguien estuviese allí, con sus pensamientos y necesidades, eso, necesitando algo que ella podía darle.
-La abuela dice que vayamos a comer, esperemos a que termine el programa este y vamos, que ya le queda poquito.
Estaba sentada de espaldas al televisor
Perdida y encontrada en sus cavilaciones, no se dio cuenta al instante que no estaba sola en el cuarto. Había una chica ahí sentada, apoyada en una de sus sillas, cruzada de piernas, que la miraba insistente. Qué fastidio hubiese sido darse cuenta antes y perder la nebulosa en la que estaba metida su mente, pero en algún momento iba a tener que pasar, verla viéndola, y tener que hacer todo lo que demande la cortesía.
Hasta ese momento, en su interior, el cuarto estaba vacío. Era todo un espacio inmenso, lleno de aire, muebles y música, en el que lo único que se movía era el aire que ella inhalaba y exhalaba, mas al darse cuenta de que esta chica estaba sentada ahí, el cuarto se volvió pesado, lleno de cosas, gente, presión, mucha presión. Sentía la distancia y la cercanía, sentía la mirada como una luz de lámpara, concentrada en el origen y dispersa sobre ella toda. Por un tiempo, un tiempo muy corto por supuesto, no recordó lo que tenía que hacer, o no pudo descifrar que seguía ahora. En segunda se incorporó, puso el separador y cerró el libro, dando muestras, perceptibles solo para su mente, de que esto la fastidiaba. Se sentó y la miró, pero no dijo nada. Se tocó el pelo y bajó la mirada. ¿Cómo era posible que una sola persona, un volumen de masa tibia, produjera ese efecto en una habitación? No le interesaba preguntarse pro qué estaba allí, ni que era lo que quería, su mente estaba llena de la presión que ejercía tener a otra masa tibia, ajena a la suya, en la misma habitación. El peso de que alguien estuviese allí, con sus pensamientos y necesidades, eso, necesitando algo que ella podía darle.
Sintió que la música estaba más fuerte, que estaba de más. Y eso que la música jamás está de más. Se sintió totalmente obligada a prestar atención a esta persona. Se sentía atada a ella, atada a tener que conformarla en todo, como buena anfitriona, como buena sumisa que era. Le resultaba completamente imposible negarle la atención, hecharse sobre su espalda, sus sábanas y su colchón, y volver a lo que estaba haciendo, no porque no quisiera volver, sino porque el aire ya estaba lleno de ella, su mente estaba atiborrada de ella y de lo que pudiera pensar.
Volvió a mirarla y apagó la música en la justa parte de un tema que siempre la perdía. Abrió la boca para hablar, pero cuando vio el reloj, detrás de la chica, se dio cuenta de que había pasado, a lo sumo, un cuarto de minuto.-La abuela dice que vayamos a comer, esperemos a que termine el programa este y vamos, que ya le queda poquito.
Estaba sentada de espaldas al televisor
sábado, 14 de junio de 2008
infinito punto rojo
De chica jugaba un juego rarísimo. Comenzaba como cualquier otro, conectar la play, poner el CD, apretar start y eso, ya no recuerdo bien el mecanismo. Este juego no tenía menú, no elegías nada, ni el color de los bordes de la pantalla, que se ponía negra de golpe, para después revelar una calle de barrio viejo, de las que aparecen en algunas películas de caminos de tierra, casas de un piso que comienzan después de las rejas y el patio del frente, cestos de basura con caños oxidados y silencio total a la hora de la siesta. Luego de algunos instantes, el pelo en pantalla y el paso de una mano fugaz te hacían darte cuenta de que el vidrio era tus dos ojos, a veces encandilados pro el sol.
Si dejabas puesto el CD, el juego se guardaba y podías comenzar desde donde habías dejado el día anterior. Esto era sumamente importante, ya que a falta de instrucciones, jugando ibas haciendo avances importantes. Primero vagabas por las calles, pateabas latas, andabas en bicicleta o te sentabas a mirar algún perro que pasaba con algo sucio en la boca, haciendo nada, pero de una forma crecientemente hipnotizante. Cada tanto pasaba algún chico o chica haciendo lo mismo, nada, y con el correr de los días aprendías a acercarte con cualquier pretexto, una cadena salida, un perro en plena fuga o simplemente compartir caramelos y formar así un grupo cada vez más grande de infantes que se reunían a hacer nada frente a esa pantalla ojos que manejabas con el joistick.
Aprendí a pelear cuando era necesario y a rehuir algunas riñas, a nadar con manos y pies todo junto, a leer libros de texto avegentados, esconder arvejas abajo de la mesa una vez por semana y a andar sin una mano, para soltar las dos me faltó un poco. El grupo era cada vez más numeroso y los juegos más variados, intervenían ahora pelotas, hojas, animales y hasta disfraces. Todas las tardes llegaba a casa y prendía la play, agrandaba mis ojos y aprendía a jugar sin trucos a un juego que no tenia menú, pero podía elegir todo, absolutamente todo.
Afuera de casa llovía, hacía frío, soplaba fuerte el viento, cualquier cosa, no se, no se podía jugar a la play afuera, y salir era un desperdicio, con tanta vida en el living de casa. Comencé a vivir en tiempos del juego, vestirme de invierno cuando veía las narices del resto muy coloradas o sacarme los zapatos cuando todo se veía soleado y podíamos meternos al canal a jugar a la guerra de caballitos. Mis papás no me dijeron nunca nada, no se acostumbraba hablar mucho y pasarse el día frente a la play era normal, y aunque ojos adentro yo sabía que ninguno de mis compañeros de escuela tenía un juego así, podía sentirme reconfortado, porque sabía que al llegar a casa, en teoría, todos hacían lo mismo que yo.
No era todo juego y diversión, por supuesto. Tuve que aprender a conjugar verbos, hacer cuentas sin calculadora, el ciclo del agua y todas las normas de convivencia. La mitad del grupo tuvo que entender que la otra mitad se separara, para jugar al futbol, escupir y esas cosas, y hasta me agarraba una cosa en la panza cuando volvía muy tarde de la calle y me esperaba mamá sentada en la mesa de la cocina, retorciendo el mantel con las dos manos y la comida bien fría.
Pero lo que más me gustaba de todo eran las hamacas. Ahí no había verbo que valga, cada uno se hamacaba con sus piernas, adelante y atrás, adelante y a trás sin grupos separados, sin manteles retorcidos, arvejas escondidas ni nada, lo único que se veía era el cielo muy cerca, que se iba alejando y alejando para volverse tierra, piso con agujeros de la patas, tierra de frente casi en la frente y de nuevo horizonte y cielo, nubes blancas y fondo celeste que se volvía marrón y polvoriento, que ahora era azul y espumoso, marrón celeste marrón celeste con aire en todos lados, entre las piernas y los brazos, tirando del pelo, mejor dicho masajeando, el flequillo en la nuca o el flequillo en los ojos y las manos que se van aflojando para hamacarse más, hamacarse mejor y llegar más lejos y hasta el cielo, en un recorrido infinito hasta el cosmos y hasta el infinito punto rojo de la plaza muchos metros adelante, el flequillo contra las piedras del arenero.
Si dejabas puesto el CD, el juego se guardaba y podías comenzar desde donde habías dejado el día anterior. Esto era sumamente importante, ya que a falta de instrucciones, jugando ibas haciendo avances importantes. Primero vagabas por las calles, pateabas latas, andabas en bicicleta o te sentabas a mirar algún perro que pasaba con algo sucio en la boca, haciendo nada, pero de una forma crecientemente hipnotizante. Cada tanto pasaba algún chico o chica haciendo lo mismo, nada, y con el correr de los días aprendías a acercarte con cualquier pretexto, una cadena salida, un perro en plena fuga o simplemente compartir caramelos y formar así un grupo cada vez más grande de infantes que se reunían a hacer nada frente a esa pantalla ojos que manejabas con el joistick.
Aprendí a pelear cuando era necesario y a rehuir algunas riñas, a nadar con manos y pies todo junto, a leer libros de texto avegentados, esconder arvejas abajo de la mesa una vez por semana y a andar sin una mano, para soltar las dos me faltó un poco. El grupo era cada vez más numeroso y los juegos más variados, intervenían ahora pelotas, hojas, animales y hasta disfraces. Todas las tardes llegaba a casa y prendía la play, agrandaba mis ojos y aprendía a jugar sin trucos a un juego que no tenia menú, pero podía elegir todo, absolutamente todo.
Afuera de casa llovía, hacía frío, soplaba fuerte el viento, cualquier cosa, no se, no se podía jugar a la play afuera, y salir era un desperdicio, con tanta vida en el living de casa. Comencé a vivir en tiempos del juego, vestirme de invierno cuando veía las narices del resto muy coloradas o sacarme los zapatos cuando todo se veía soleado y podíamos meternos al canal a jugar a la guerra de caballitos. Mis papás no me dijeron nunca nada, no se acostumbraba hablar mucho y pasarse el día frente a la play era normal, y aunque ojos adentro yo sabía que ninguno de mis compañeros de escuela tenía un juego así, podía sentirme reconfortado, porque sabía que al llegar a casa, en teoría, todos hacían lo mismo que yo.
No era todo juego y diversión, por supuesto. Tuve que aprender a conjugar verbos, hacer cuentas sin calculadora, el ciclo del agua y todas las normas de convivencia. La mitad del grupo tuvo que entender que la otra mitad se separara, para jugar al futbol, escupir y esas cosas, y hasta me agarraba una cosa en la panza cuando volvía muy tarde de la calle y me esperaba mamá sentada en la mesa de la cocina, retorciendo el mantel con las dos manos y la comida bien fría.
Pero lo que más me gustaba de todo eran las hamacas. Ahí no había verbo que valga, cada uno se hamacaba con sus piernas, adelante y atrás, adelante y a trás sin grupos separados, sin manteles retorcidos, arvejas escondidas ni nada, lo único que se veía era el cielo muy cerca, que se iba alejando y alejando para volverse tierra, piso con agujeros de la patas, tierra de frente casi en la frente y de nuevo horizonte y cielo, nubes blancas y fondo celeste que se volvía marrón y polvoriento, que ahora era azul y espumoso, marrón celeste marrón celeste con aire en todos lados, entre las piernas y los brazos, tirando del pelo, mejor dicho masajeando, el flequillo en la nuca o el flequillo en los ojos y las manos que se van aflojando para hamacarse más, hamacarse mejor y llegar más lejos y hasta el cielo, en un recorrido infinito hasta el cosmos y hasta el infinito punto rojo de la plaza muchos metros adelante, el flequillo contra las piedras del arenero.
sábado, 16 de febrero de 2008
Movés mi hamaca
Sabés que me pasa algo raro, porque la mayoría de la gente puede decir que mariposas en la panza esto, que la sangre a la cabeza aquello, que movés el mundo y qué se yo, pero yo descubrí que esas cosas no aparecen cuando deberían aparecer y legué a pensar que no existen en realidad, que alguna persona aburrida las inventó alguna vez, para más tarde el resto dijera sentirlas, por envidia o por inercia, hasta que alguna vez la mente -arma poderosa- las instaurara como una especie de sentimiento o impresión ilusoria que traspasara la piel de generaciones enteras, apareciendo al fin como verdades al estómago corriente.
Pero la verdad es que nunca pasé por este tipo de ilusiones, lo cual en un principio no me sorprendió, pero más tarde me aterrorizó al pensar que era totalmete incapaz de sentir.
Por suerte y de golpe apareciste por ahí y nos empezamos a llevar muy bien,hasta besarnos de noche y de día, viendo películas, paseando, riendo y sonriendo desde adentro, ojo con ojo. Después de un tiempo me empezó a costar estar lejos tuyo, y te sentí tan cerca que me olvidé de las mariposas y todo eso, porque sólo llenaba mi tiempo recordando perfectos momentos.
Las ilusiones de cuerpo se esfumaron totalmente durante todo el invierno, y tuve que esperar hasta la primavera para darme cuenta de que lo mio nunca será tener el pelo erizado o las manos tibias, y ahora se con pelos y señales que te amo porque vos movés mi hamaca, si, vos movés mi hamaca en primavera, cuando está lindo y salgo a leer, o más bien a distraerme pensando en vos mientras estoy quieta en mi hamaca y de repente me estoy moviendo para atrás y para adelante, y no se si son mis pensamientos o tu aura o qué me empiezan a mover, y yo estoy segura de que no es el viento ni algún cambio de posición, yo te amo y vos movés mi hamaca y estoy tan segura como seguros están los de las mariposas de que no es el mate que les calló mal.
Pero la verdad es que nunca pasé por este tipo de ilusiones, lo cual en un principio no me sorprendió, pero más tarde me aterrorizó al pensar que era totalmete incapaz de sentir.
Por suerte y de golpe apareciste por ahí y nos empezamos a llevar muy bien,hasta besarnos de noche y de día, viendo películas, paseando, riendo y sonriendo desde adentro, ojo con ojo. Después de un tiempo me empezó a costar estar lejos tuyo, y te sentí tan cerca que me olvidé de las mariposas y todo eso, porque sólo llenaba mi tiempo recordando perfectos momentos.
Las ilusiones de cuerpo se esfumaron totalmente durante todo el invierno, y tuve que esperar hasta la primavera para darme cuenta de que lo mio nunca será tener el pelo erizado o las manos tibias, y ahora se con pelos y señales que te amo porque vos movés mi hamaca, si, vos movés mi hamaca en primavera, cuando está lindo y salgo a leer, o más bien a distraerme pensando en vos mientras estoy quieta en mi hamaca y de repente me estoy moviendo para atrás y para adelante, y no se si son mis pensamientos o tu aura o qué me empiezan a mover, y yo estoy segura de que no es el viento ni algún cambio de posición, yo te amo y vos movés mi hamaca y estoy tan segura como seguros están los de las mariposas de que no es el mate que les calló mal.
martes, 12 de febrero de 2008
Tenedor libre
El techo se extiende hasta una altura casi fuera del alcance del ojo humano regular. Las mesas arrinconadas y pegadas como ganado en verano con moscas al rededor , mientras en la cocina no se muge, más bien se tintinea y se gruñe.
El olor entre las mesas es neutro, salvo que alguno de los cercanos, muy cercanos vecinos vaya en busca de algún menjunje casi a punto de hervir, con jugos rojos y brillantes burbujas de aceite amarillento.
La iluminación es extrema, la decoración pedestre y la vajilla no da que hablar.
Pero lo que más llama mi atenciñon es la mesa de al lado. Pegada casi a nuestra mesa, a diez centímetros, hay una buena porción de madera con sus cuatro bienhechoras patas y los dos únicos -o eso creo- integrantes de una pareja. La vulgaridad de la mujer hace dificil diferenciarla de su acompañante masculino, sobre todo porque éste lleva el cabello largo. Confundido en un principio con una pícara broma, su lenguaje, de lo más agreste, es portado por una voz de conductor de camiones de mediana edad. Los sonidos que expulsa su desmaquillda pero no por eso limpia boca conforman todos juntos y unidos en coherente concordancia frases cortas tan inconexas pero continuadas que eliminan con certeza la posibilidad de un chascarrillo. Y es que el morfi que prepara el chabón que alimenta a esta servilleta de papel es elogiado no por el centro, sino por el costado de la cabidad bucal.
Viste de rojo, como no podía ser de otra forma con esa rubia y castigada cabellera, y está acompañada por otra cabellera igual que. absorto o espantado por el soliloquio de nuestra heroína, no emite sonido.
Estas cosas encontramos en el tenedor libre, pero no os asusteis que también hay gente de bien que defenderá las buenas costumbres y sobre todo la buena dicción y somos, entre todos, Pipi, Hernán, Oscar, Bruno, Mamá, Vir, Betina y quien les escribe, los cuales aparecen por primera vez en detallado relato, a excepción mía, que aparezco de alguna forma en todos ellos, y mi madre, que ocacionalmente nos visita.
El olor entre las mesas es neutro, salvo que alguno de los cercanos, muy cercanos vecinos vaya en busca de algún menjunje casi a punto de hervir, con jugos rojos y brillantes burbujas de aceite amarillento.
La iluminación es extrema, la decoración pedestre y la vajilla no da que hablar.
Pero lo que más llama mi atenciñon es la mesa de al lado. Pegada casi a nuestra mesa, a diez centímetros, hay una buena porción de madera con sus cuatro bienhechoras patas y los dos únicos -o eso creo- integrantes de una pareja. La vulgaridad de la mujer hace dificil diferenciarla de su acompañante masculino, sobre todo porque éste lleva el cabello largo. Confundido en un principio con una pícara broma, su lenguaje, de lo más agreste, es portado por una voz de conductor de camiones de mediana edad. Los sonidos que expulsa su desmaquillda pero no por eso limpia boca conforman todos juntos y unidos en coherente concordancia frases cortas tan inconexas pero continuadas que eliminan con certeza la posibilidad de un chascarrillo. Y es que el morfi que prepara el chabón que alimenta a esta servilleta de papel es elogiado no por el centro, sino por el costado de la cabidad bucal.
Viste de rojo, como no podía ser de otra forma con esa rubia y castigada cabellera, y está acompañada por otra cabellera igual que. absorto o espantado por el soliloquio de nuestra heroína, no emite sonido.
Estas cosas encontramos en el tenedor libre, pero no os asusteis que también hay gente de bien que defenderá las buenas costumbres y sobre todo la buena dicción y somos, entre todos, Pipi, Hernán, Oscar, Bruno, Mamá, Vir, Betina y quien les escribe, los cuales aparecen por primera vez en detallado relato, a excepción mía, que aparezco de alguna forma en todos ellos, y mi madre, que ocacionalmente nos visita.
Mar del plata, 28/01/08, 00:30 horas
lunes, 11 de febrero de 2008
El sifón de plástico de las Lolitas

Hay abuela no lo puedo creer, ¿no estás emocionada? yo la verdad que no lo puedo creer que me haya pasado esto, ¿no te emociona? Esto puede ser genial para mi carrera, si ya se que no empezé mi carrera pero ¿no te emociona? Puedo empezar a trabajar ahora, así de chica, e ir subiendo, y hacerme famosa, ¡famosa, abuela! Y encima me dijo que lo llame él, así nos aseguramos de que no me deje sin llamarme, ahora sabemos que no era mentira que si quería que trabaje para él, imaginate, yo trabajando de modelo, ¿te imaginás abuela? bueno imaginate, toda una produccion, yo bien vestida y maquillada, si pero más maquillada que ahora, lo de ahora es para salir a la calle abuela, si, para salir a la calle, ¿por qué? bueno, para que me vea gente así y me contrate, viene funcionando bien por ahora, ¿o no?, no, no me mires así abuela no ves que estoy contenta, ¿no estás contenta por tu nieti? ay abuela no lo puedo creer, mirá si me contratan para otra cosa, y otra, y otra y termino en la tele o an las revistas, mirá si me llaman de Para Ti, ¡Para Ti abuela! y a los 14 años, no lo puedo creer, ¡vas a tener una nieta famosa! Abuela escuchame bien, que capaz después te hagan preguntas sobre este día y te tenés que acordar bien. Fijate donde estamos, en el subte, aquella chica se ríe ¿estará escuchando? ojalá, así me comienza a conocer la gente, que nunca es temprano para empezar. Hay abuela estoy tan emocionada, ¿se nota mucho? ay no me importa, yo estoy bien así, ay ya quiero que sea la semana que viene, ¿cuánto falta para casa? ya quiero llamar... ay no, pero voy a esperar un poco, así parece que no estoy tan interesada... pero ¡que digo! apenas llego llamo, así se dan cuenta de que soy una chica comprometida y trabajadora, si apenas llego los llamo... o mejor espero? no quiero sonar muy desesperada, abuela no quiero parecer una nenita histerica, tengo que dar imagen de chica seria, si voy a esperar unas horas, o capaz...
Tan preocupada estaba en sus infinitamente menesterosas decisiones que no prestó atención a la calle al cruzar. ¿y ahora? Por el momento su cuerpo sirve de modelo de ataudes hasta que comience a descomponerse, de su alma aun no llegaron noticias a los tabloides. ¿y su abuela? ahora es viuda de alquiler en los funerales.
Triste, muy triste, pero, ¿no les hice un favor a todos?
O no, ay a ver... no, no se, capaz les hice un favor, capaz no, o capaz...
sábado, 12 de enero de 2008
Pirámides
El living era un cementerio de botellas, todas asesinadas a la madrugada, peor no en vano: se llevaron a varios en el camino.
Las carpas estaban ladeadas y casi tan llenas de arena como la mesa, con su mezcla de arena y vodka. Una de las carpas había muerto con gente aun adentro, y fue el escándalo que provocaron el que hizo que uno a uno todos se fueran levantando, totalmente desmantelados.
Pero pudieron recordar al cobrador.
Se levantaron buscando desesperadamente algún recipiente con agua, agua y pastillas. Pero siguieron recordando al cobrador, con su talonario de colores.
Se ayudaron a salir de las carpas, se pasaron el agua y revisaron a los que no habían podido despertar aun, todo con la amenaza del cobrador en la nuca.
Al final, alguien dio el grito de salida: "¡El cobrador!", y bastó sólo eso para desatar el torbellino. Hombres y mujeres alborotados, vestidos como podían comenzaron a correr por el camino o a meterse en las carpas, aterrorizados. Algunos hasta osaron esconderse entre los tamariscos.
Se escucharon los pasos ingresando al campamento, pasos pesados del cobrador gordo caminando entre botella muertas, sillas tiradas , concervadoras llenas de hielo derretido y arena, arena por todas partes.
Avanzó decididamente hacia la carpa más grande, frente a la mayor necrópolis que había visto en su vida y luego, con infinito asco, observó la arena todavía mojada y llena de naipes españoles.
Dentro de las carpas, la gente contenía la respiración. El cobrador podía abrir la puerta en cualquier momento y cobrarles, cobrarles junto en ese último día.
Los que habían ido por el camino miraban de lejos, buscando a los secuases de aquel gordo que les había ocupado el campamento. Al rededor, todos los campamentos los imitaban en cadena, todos temerosos de sufrir la humillación de tener que pagar.
Pero los más osados, los de los tamariscos, no tenían miedo sino un plan.
Cuando el culo del envase le pegó en la sien, el cobrador no llegó a entender qué era lo que había pasado. Calló inmóvil sobre la carpa mayor y la dobló un poco antes de rodar al suelo. El charco de sangre que le salía de la cabeza se estaba mezclando con la arena y el vodka, formando una pasta oscura de lo más desagradable y viscosa.
Las chicas se impresionaron un poco, pero sabían que era lo mejor. Cada uno volvió a su carpa en silencio, a acomodar y digerir lo que había pasado. Cuando el cobrador colorado pasó y vio todo, no se atrevió a llamar a nadie, sabía de las ganas que tenían esos chicos de destruirlo a él también, sobre todo a él.
Terminaron de acomodar todo. Ahora pirámides era de ellos y ellos eran parte d pirámides, y sabían que, el año entrante, serían totalmente libres, sobre todo con ese talonario que les había quedado de trofeo.
Las carpas estaban ladeadas y casi tan llenas de arena como la mesa, con su mezcla de arena y vodka. Una de las carpas había muerto con gente aun adentro, y fue el escándalo que provocaron el que hizo que uno a uno todos se fueran levantando, totalmente desmantelados.
Pero pudieron recordar al cobrador.
Se levantaron buscando desesperadamente algún recipiente con agua, agua y pastillas. Pero siguieron recordando al cobrador, con su talonario de colores.
Se ayudaron a salir de las carpas, se pasaron el agua y revisaron a los que no habían podido despertar aun, todo con la amenaza del cobrador en la nuca.
Al final, alguien dio el grito de salida: "¡El cobrador!", y bastó sólo eso para desatar el torbellino. Hombres y mujeres alborotados, vestidos como podían comenzaron a correr por el camino o a meterse en las carpas, aterrorizados. Algunos hasta osaron esconderse entre los tamariscos.
Se escucharon los pasos ingresando al campamento, pasos pesados del cobrador gordo caminando entre botella muertas, sillas tiradas , concervadoras llenas de hielo derretido y arena, arena por todas partes.
Avanzó decididamente hacia la carpa más grande, frente a la mayor necrópolis que había visto en su vida y luego, con infinito asco, observó la arena todavía mojada y llena de naipes españoles.
Dentro de las carpas, la gente contenía la respiración. El cobrador podía abrir la puerta en cualquier momento y cobrarles, cobrarles junto en ese último día.
Los que habían ido por el camino miraban de lejos, buscando a los secuases de aquel gordo que les había ocupado el campamento. Al rededor, todos los campamentos los imitaban en cadena, todos temerosos de sufrir la humillación de tener que pagar.
Pero los más osados, los de los tamariscos, no tenían miedo sino un plan.
Cuando el culo del envase le pegó en la sien, el cobrador no llegó a entender qué era lo que había pasado. Calló inmóvil sobre la carpa mayor y la dobló un poco antes de rodar al suelo. El charco de sangre que le salía de la cabeza se estaba mezclando con la arena y el vodka, formando una pasta oscura de lo más desagradable y viscosa.
Las chicas se impresionaron un poco, pero sabían que era lo mejor. Cada uno volvió a su carpa en silencio, a acomodar y digerir lo que había pasado. Cuando el cobrador colorado pasó y vio todo, no se atrevió a llamar a nadie, sabía de las ganas que tenían esos chicos de destruirlo a él también, sobre todo a él.
Terminaron de acomodar todo. Ahora pirámides era de ellos y ellos eran parte d pirámides, y sabían que, el año entrante, serían totalmente libres, sobre todo con ese talonario que les había quedado de trofeo.
martes, 8 de enero de 2008
Magdalenas
Magdalenas
Ingredientes
3 claras
65 g. de azúcar
50 cc. de aceite de girasol
4 yemas
60 g. de harina
1 cdita. de polvo para hornear
cantidad necesaria de esencia de vainilla
1 limón rayado
1)Batir las claras a punto nieve y agregar poco a poco el azúcar.
2)Incorporar una por una las yemas.
3)Agregar en forma envolvente el aceite, la vainilla y la rayadura de limón.
4)A parte, tamizar la harina con el polvo para hornear y agregar a la mezcla anterior. Debe quedar una ,asa semi líquida.
5)Colocar en una manga con boquilla lisa.
6)Llenar los pirotines o el molde siliconado. Cocinar a 190 ºC durante 12-15 minutos.
Así se hacen las Magdalenas, entonces.
Marcos le puso todas las ganas del mundo, puso un banquito para agarrar los huevos de la parte alta de la heladera, los separó como le había enseñado su abuela, con la cáscara, clara en un vaso, llema en otro, buscó en el cajón su cucharita, la que usaba para comer postrecitos y puré de manzanas cuando era más chico, echó un poco de harina, lo que salió cuando le dio un golpecito para que cayera sobre el bowl que más redondo le pareció, y lo mezcló todo con un tenedor. Se acordó más tarde de los otros ingredientes, porque hacía poco que había aprendido a leer y le había costado desifrar algunas de las palabras palabras que aparecían ahí en frente.
Puso la misma cantidad de azúcar que usaba en la leche y una vainilla trizada, porque era lo que le parecía correcto. El limón fue lo que más le costó, pero después recordó que tenía jugo de limón en botella y lo agregó también. Siguió mezclando, un poco con el tenedor y otro poco con las manos, hasta que le pareció mezcla para tortas y pudo sacar la lengua de entre los dientes.
No sabía donde poner la mezcla, pero lo resolvió rápido, se comió dos postrecitos, tiró otros dos y usó los cuatro potes como moldes.
Una vez listo todo, se tomó un segundo para admirar su obra. Pasada esa exquisita fracción de tiempo, metió las magdalenas en el horno y pensó que, por esta vez, cuatro serían suficientes.
Se fue a jugar un rato, pero la edad de la impaciencia era más fuerte. Armó casas, fue al patio, jugó con barro y en la bici, cosas que le hubiesen llevado día, las hizo en menos de media tarde, pero cuando escuchó el auto de su mamá, salió corriendo a buscarla para mostrarle lo que había hecho y también para que lo oliera, a ver si le gustaba el olor de no una, sino cuatro nuevas magdalenas, porque desde que había muerto Magui, el horno ya no desprendía esos olores que les alegraban a todos el semblante.
Ingredientes
3 claras
65 g. de azúcar
50 cc. de aceite de girasol
4 yemas
60 g. de harina
1 cdita. de polvo para hornear
cantidad necesaria de esencia de vainilla
1 limón rayado
1)Batir las claras a punto nieve y agregar poco a poco el azúcar.
2)Incorporar una por una las yemas.
3)Agregar en forma envolvente el aceite, la vainilla y la rayadura de limón.
4)A parte, tamizar la harina con el polvo para hornear y agregar a la mezcla anterior. Debe quedar una ,asa semi líquida.
5)Colocar en una manga con boquilla lisa.
6)Llenar los pirotines o el molde siliconado. Cocinar a 190 ºC durante 12-15 minutos.
Así se hacen las Magdalenas, entonces.
Marcos le puso todas las ganas del mundo, puso un banquito para agarrar los huevos de la parte alta de la heladera, los separó como le había enseñado su abuela, con la cáscara, clara en un vaso, llema en otro, buscó en el cajón su cucharita, la que usaba para comer postrecitos y puré de manzanas cuando era más chico, echó un poco de harina, lo que salió cuando le dio un golpecito para que cayera sobre el bowl que más redondo le pareció, y lo mezcló todo con un tenedor. Se acordó más tarde de los otros ingredientes, porque hacía poco que había aprendido a leer y le había costado desifrar algunas de las palabras palabras que aparecían ahí en frente.
Puso la misma cantidad de azúcar que usaba en la leche y una vainilla trizada, porque era lo que le parecía correcto. El limón fue lo que más le costó, pero después recordó que tenía jugo de limón en botella y lo agregó también. Siguió mezclando, un poco con el tenedor y otro poco con las manos, hasta que le pareció mezcla para tortas y pudo sacar la lengua de entre los dientes.
No sabía donde poner la mezcla, pero lo resolvió rápido, se comió dos postrecitos, tiró otros dos y usó los cuatro potes como moldes.
Una vez listo todo, se tomó un segundo para admirar su obra. Pasada esa exquisita fracción de tiempo, metió las magdalenas en el horno y pensó que, por esta vez, cuatro serían suficientes.
Se fue a jugar un rato, pero la edad de la impaciencia era más fuerte. Armó casas, fue al patio, jugó con barro y en la bici, cosas que le hubiesen llevado día, las hizo en menos de media tarde, pero cuando escuchó el auto de su mamá, salió corriendo a buscarla para mostrarle lo que había hecho y también para que lo oliera, a ver si le gustaba el olor de no una, sino cuatro nuevas magdalenas, porque desde que había muerto Magui, el horno ya no desprendía esos olores que les alegraban a todos el semblante.
Domingo
Cena de domingo por la noche, siempre igual. Las peores horas de la semana, todas juntas en una sola noche en las que la fatiga y las ganas de morir mataban todo proyecto futuro.
Esa noche, aunque de elecciones, era igual a todas. Todo el día queriendo hacer algo, algo distinto, pero al final no se animaba, a ver si no le daba el tiempo por esa hibridez deforme que tienen los domingos, con sus días weekend y sus noche de semana.
Sentados, en una punta y la otra de la mesa, comiendo y escuchando el sonido del reloj-corazón delator que les decía que estaban comiendo a las ocho. Si, a las ocho, gente grande comiendo a las ocho un fin de semana, o día de semana, no se sabe bien.
Los cubiertos no rechinaban contra el plato porque éste era de plástico, plástico blanco con flores, y bebían vino de caja en vasos marrones.
Comer y no charlar, esa era la rutina: pero ese día se sabrían los resultados de las elecciones, eso era algo de que hablar. Pero no, en la mesa no se habla, en la casa no se habla, desde que estaban casados que no se hablaba.
Vivían cerca del lugar de festejo del ganador, a unas calles. Eran las ocho y ya festejaban, pero sin comer, claro.
Clara comía de a pedacitos chiquitos y se imaginaba mientras tanto cuarenta y ocho formas de aniquilar a su marido, pero como había perfeccionado tanto la técnica necesitó, esta vez, pensar diez formas con la mano derecha, diez con la izquierda y veintidós con ambas.
El discurso se filtraba por las ventanas.
"y estoy muy agradecido de todo lo que..."
Y así Clara llegó a la número cuarenta y ocho y fue por lo obvio: levantarse rápido y clavarle un tenedor cerca de la epiglotis y otro en la yugular. Era básico, pero tan simple que daba gusto.
"y yo y mis compañeros les..."
Qué bueno era volver a lo básico, daba un confort pocas veces superado.
"porque nosotros sabemos lo que el pueblo necesita"
Y él se merecía lo básico, nada más. Esa camisa mediocre de cuadritos, abultada por la panza y manchada con agua y queseyó, con botones horrendos y un cartoncito en el bolsillo. Ah, y a no olvidar el peinado, tan sucio y desprolijo, asquerosamente mundano.
"nosotros queremos gobernar como lo que somos, gente honesta"
Tan miserable había sido su vida con él, tan aburrida e insulsa. Pensar en matarlo era su única diversión. POdía comer con una sonrisa esa comida barata que no había problema, él ni cuenta se daba.
"porque nosotros sabemos que ustedes son gente buena"
Y la educación insuficiente que le había dado a sus hijos.
"gente altruista"
Y cómo trataba a sus hermanos.
"gente emprendedora"
Y las pocas ganas de superarse, o de dejarla a ella superarse, y sus controles constantes y sus descuidos.
"en fin, gente bien"
y encima ella lo quería.
"vamos a trabajar, todos juntos"
Y el tenedor en la epiglotis, y el cuchillo en la yugular.
"para un futuro mejor"
Para un futuro mejor, así nomás, sin tanto esfuerzo.
Esa noche, aunque de elecciones, era igual a todas. Todo el día queriendo hacer algo, algo distinto, pero al final no se animaba, a ver si no le daba el tiempo por esa hibridez deforme que tienen los domingos, con sus días weekend y sus noche de semana.
Sentados, en una punta y la otra de la mesa, comiendo y escuchando el sonido del reloj-corazón delator que les decía que estaban comiendo a las ocho. Si, a las ocho, gente grande comiendo a las ocho un fin de semana, o día de semana, no se sabe bien.
Los cubiertos no rechinaban contra el plato porque éste era de plástico, plástico blanco con flores, y bebían vino de caja en vasos marrones.
Comer y no charlar, esa era la rutina: pero ese día se sabrían los resultados de las elecciones, eso era algo de que hablar. Pero no, en la mesa no se habla, en la casa no se habla, desde que estaban casados que no se hablaba.
Vivían cerca del lugar de festejo del ganador, a unas calles. Eran las ocho y ya festejaban, pero sin comer, claro.
Clara comía de a pedacitos chiquitos y se imaginaba mientras tanto cuarenta y ocho formas de aniquilar a su marido, pero como había perfeccionado tanto la técnica necesitó, esta vez, pensar diez formas con la mano derecha, diez con la izquierda y veintidós con ambas.
El discurso se filtraba por las ventanas.
"y estoy muy agradecido de todo lo que..."
Y así Clara llegó a la número cuarenta y ocho y fue por lo obvio: levantarse rápido y clavarle un tenedor cerca de la epiglotis y otro en la yugular. Era básico, pero tan simple que daba gusto.
"y yo y mis compañeros les..."
Qué bueno era volver a lo básico, daba un confort pocas veces superado.
"porque nosotros sabemos lo que el pueblo necesita"
Y él se merecía lo básico, nada más. Esa camisa mediocre de cuadritos, abultada por la panza y manchada con agua y queseyó, con botones horrendos y un cartoncito en el bolsillo. Ah, y a no olvidar el peinado, tan sucio y desprolijo, asquerosamente mundano.
"nosotros queremos gobernar como lo que somos, gente honesta"
Tan miserable había sido su vida con él, tan aburrida e insulsa. Pensar en matarlo era su única diversión. POdía comer con una sonrisa esa comida barata que no había problema, él ni cuenta se daba.
"porque nosotros sabemos que ustedes son gente buena"
Y la educación insuficiente que le había dado a sus hijos.
"gente altruista"
Y cómo trataba a sus hermanos.
"gente emprendedora"
Y las pocas ganas de superarse, o de dejarla a ella superarse, y sus controles constantes y sus descuidos.
"en fin, gente bien"
y encima ella lo quería.
"vamos a trabajar, todos juntos"
Y el tenedor en la epiglotis, y el cuchillo en la yugular.
"para un futuro mejor"
Para un futuro mejor, así nomás, sin tanto esfuerzo.
lunes, 12 de noviembre de 2007
El payaso
El payaso pasó todo el día aliviando dolores. Él salva vidas, y no metafóricamente, es médico, un payamédico.
Durante horas y horas se paseó junto a las camas, junto a tu cama, junto a mi cama, con su sonrisa más que pintada y su estetosflorio, teniendo fe en que mañana todo podría mejorar.
El payaso recorre los pasillos de colores, reparte esperanza a los menos afortunados y, como bonus, él mismo se rellena el alma un poco.
No descansa un segundo, porque descansar lo hace menos feliz, menos completo, menos persona. Todos lo admiran, todos lo aman. Estudió tantas cosas horribles y, aun así, puede reirse de la vida.
El payaso termina su turno y se retira a descansar, para poder seguir sonriendo mañana.
Mientras camina, el Sol reemplaza la luz del hospital, su piel siente el aire de afuera, su nariz se vuelve normal y su ropa coincide con la de muchos otros. De a poco, se le va colando la realidad por abajo de las uñas.
Camina arrastrando los pies, mirando para abajo. Ya no es más un payaso, ni siquiera un médico, es otro tipo gris que viene a colmar las filas de los transeúntes.
Ya no le quedan más recuerdos de los chios que visitó, de las sonrisas que repartió, solo el frió tacto de los botones de un asensor viejo en los dedos olvidados.
En el departamento marrón, el payaso ya no puede esbozar ninguna sonrisa. Su ropa gris le pesa demasiado, y más le pesan los años de realidad sobre los hombros.
Despacio va al baño, agarra frasquitos y otras de su profesión, para ir a sentarse tranquilo a su sillón.
Mirando por la ventana, una única lágrima le borra lo último de payaso que le quedaba en la piel, i se inyecta cosas, cosas de médicos, no de payaso pero que, en una de esas, lo hace sonreír una vez de verdad, y para la eternidad.
Durante horas y horas se paseó junto a las camas, junto a tu cama, junto a mi cama, con su sonrisa más que pintada y su estetosflorio, teniendo fe en que mañana todo podría mejorar.
El payaso recorre los pasillos de colores, reparte esperanza a los menos afortunados y, como bonus, él mismo se rellena el alma un poco.
No descansa un segundo, porque descansar lo hace menos feliz, menos completo, menos persona. Todos lo admiran, todos lo aman. Estudió tantas cosas horribles y, aun así, puede reirse de la vida.
El payaso termina su turno y se retira a descansar, para poder seguir sonriendo mañana.
Mientras camina, el Sol reemplaza la luz del hospital, su piel siente el aire de afuera, su nariz se vuelve normal y su ropa coincide con la de muchos otros. De a poco, se le va colando la realidad por abajo de las uñas.
Camina arrastrando los pies, mirando para abajo. Ya no es más un payaso, ni siquiera un médico, es otro tipo gris que viene a colmar las filas de los transeúntes.
Ya no le quedan más recuerdos de los chios que visitó, de las sonrisas que repartió, solo el frió tacto de los botones de un asensor viejo en los dedos olvidados.
En el departamento marrón, el payaso ya no puede esbozar ninguna sonrisa. Su ropa gris le pesa demasiado, y más le pesan los años de realidad sobre los hombros.
Despacio va al baño, agarra frasquitos y otras de su profesión, para ir a sentarse tranquilo a su sillón.
Mirando por la ventana, una única lágrima le borra lo último de payaso que le quedaba en la piel, i se inyecta cosas, cosas de médicos, no de payaso pero que, en una de esas, lo hace sonreír una vez de verdad, y para la eternidad.
jueves, 27 de septiembre de 2007
mi sopa

Muy tranquila fue a abrir un paquete de caldos de gallina y vio el cartelito que decía PRESIONE AQUÍ . Presionaba y presionaba pero nada pasaba, y ya estaba a punto de volverse loca mientras las gotas de sudor le bajaban ya por la frente cuando presionó fuerte y un gran mounstruo salió y la tragó entera, para después volver a escupirla y decirle seriamente que no haga todo lo que le dicen.
Ahí comenzó la moralaja andante. Cercaba, gritaba, engullía y vomitaba gente por todo el país.
Primero fueron los calditos y la gente comenzó a dejar de tomarcomer sopa. Luego los paquetes de fideos, la polenta, las latas de atun, harina leudante, saquitos de te, todo de todo. La gente dejó de consumir y, uno por uno, las empresas de alimentos fueron perdiendo.
Nadie entendía nada. era el gobierno? no tenía sentido, el lema era otro...
Eran los mercados de comida naturista? cuando los carteles de TIRE y EMPUJE comenzaron a morderles las manos a los que los usaban, se les escaparon todas las ideas.
Las canillas de frío y caliente colpeaban a la gente, los carteles de prohibido estacionar se clababan en las paredes, las señales de silencio gritaban todo tipo de barbaridades y hasta las etiquetas de CORTE AQUI arrancaban pedazos de ropa por todos lados.
Era todo un gran pandemonium, una ecatombe. La gente se quedaba quita, inmovilizada por el miedo de hacer algo que les costara las vidas, o el orden...
La gente se reunió en la plazas, en las calles, en los bosques, en todos los lugares que no tuvieran nada escrito, nada dibujado, nada de nada.
Caminaban despacio, con cautela, ni las hojas crujían bajo sus pies.
Todos callados, cuidadosamente lejos del vecino.
Hasta que corriendo por la multitud apareció de nuevo ella, la de los calditos, la primera. Corria con cascabeles en las manos y los pies, la cara pintarrajeada de colores selváticos, la ropa mal puesta y una graaan rocola.
Era verano pero nadie quería admitirlo desde que los protectores solares comezaron a comerse a pedazos la piel de las personas.
Ella tenía protector solar en el pelo y en la mano, un paquete de calditos.
Presione aqui decía, presione aquí. Miren lo que hago con el paquete. Y acto seguido agarró un cuchillo y lo apuñaló, abriéndolo por donde tuvo ganas y haciendo una sopa gigante riquísima para todos.
Ah eso si, la gente entendió y ahora las puertas se abren para arriba.
martes, 25 de septiembre de 2007
Doña Valentina
Doña Valentina se levantó a la mañana y vio la luz que se filtraba por la ventana. Se puso las pantuflas y se acomodó el camisón largo para poder levantarse bien.
Se estiró un poco y fue al placar a buscar algo que ponerse a pasos cortitos y elegantes. Después de mucho pensar, pasando sus manos arrugadas por sus trajecitos de primavera eligió una pollera verde musgo y una blusa color marfil, que con el broche dorado de perlas quedada divino.
Doña Valentina se acomodó en el banquito frente al espejo y se miró un rato. Se peinó contenta, porque su pelo estaba más que manejable y su piel se veía radiante, como respondiendo al sol.
Se coloreó las mejillas, lo infaltable. Los labios, los ojos. Se pintó las cejas mientras pensaba en sus nietos, en las clases de natación y los médicos. En dos días la operaban y todavía no había hecho el bolso, pero ya tendría tiempo para eso. Lo único que importaba era que Marquitos tenía un torneo de carate el fin de semana y la iba a hacer sentir la abuela más importante del mundo, como siempre.
Terminó con su cara y eligió un collar que hiciera juego. Se levantó para verse, disfrutar su imagen un ratito, ahora que tenía tiempo. Le encantaba verse así, tan arreglada y en primavera.
Miró su reloj Cartier. En media hora sería tiempo de levantarse.
Se sentó de nuevo, se sacó la pintura primero, después las joyas y por último la ropa. Colgó todo cuidadosamente y se metió en la cama, a esperar y pensar en si misma.
Doña Valentina tenía 7 nietos y era en realidad Marquitos. Doña Valentina había muerto hacía algunas semanas y el menor, Marcos, había dormido en su cuarto desde entonces.
Ellos se amaban como abuela y nieto, ella le había dejado algo suyo dentro, algo grande. El sabía que era varón y no podía ser su abuela, pero cada mañana le devolvía la vida un poquito, media hora para llevarla a la habitación.
Doña Valentina vivía poco tiempo por día pero era feliz así. Ya casi era hora de levantarse, así que se disfrazó de Marquitos esta vez.
Doña Valentina se levantó por segunda vez y abrió la puerta de su habitación, pensando en sus nietos y la peligrosa operación. Pensaba en Marquitos, que tanto la quería y visitaba. Doña Valentina abrió la puerta y Marquitos la cerró, pensando en jugar a la pelota y en su abuela valentina, ella sola habría entendido que se vistiera de señora y después se disfrazara de nene, que leyera libros grandes. Después de todo, ellos siempre se habían dado la vida.
Se estiró un poco y fue al placar a buscar algo que ponerse a pasos cortitos y elegantes. Después de mucho pensar, pasando sus manos arrugadas por sus trajecitos de primavera eligió una pollera verde musgo y una blusa color marfil, que con el broche dorado de perlas quedada divino.
Doña Valentina se acomodó en el banquito frente al espejo y se miró un rato. Se peinó contenta, porque su pelo estaba más que manejable y su piel se veía radiante, como respondiendo al sol.
Se coloreó las mejillas, lo infaltable. Los labios, los ojos. Se pintó las cejas mientras pensaba en sus nietos, en las clases de natación y los médicos. En dos días la operaban y todavía no había hecho el bolso, pero ya tendría tiempo para eso. Lo único que importaba era que Marquitos tenía un torneo de carate el fin de semana y la iba a hacer sentir la abuela más importante del mundo, como siempre.
Terminó con su cara y eligió un collar que hiciera juego. Se levantó para verse, disfrutar su imagen un ratito, ahora que tenía tiempo. Le encantaba verse así, tan arreglada y en primavera.
Miró su reloj Cartier. En media hora sería tiempo de levantarse.
Se sentó de nuevo, se sacó la pintura primero, después las joyas y por último la ropa. Colgó todo cuidadosamente y se metió en la cama, a esperar y pensar en si misma.
Doña Valentina tenía 7 nietos y era en realidad Marquitos. Doña Valentina había muerto hacía algunas semanas y el menor, Marcos, había dormido en su cuarto desde entonces.
Ellos se amaban como abuela y nieto, ella le había dejado algo suyo dentro, algo grande. El sabía que era varón y no podía ser su abuela, pero cada mañana le devolvía la vida un poquito, media hora para llevarla a la habitación.
Doña Valentina vivía poco tiempo por día pero era feliz así. Ya casi era hora de levantarse, así que se disfrazó de Marquitos esta vez.
Doña Valentina se levantó por segunda vez y abrió la puerta de su habitación, pensando en sus nietos y la peligrosa operación. Pensaba en Marquitos, que tanto la quería y visitaba. Doña Valentina abrió la puerta y Marquitos la cerró, pensando en jugar a la pelota y en su abuela valentina, ella sola habría entendido que se vistiera de señora y después se disfrazara de nene, que leyera libros grandes. Después de todo, ellos siempre se habían dado la vida.
politica de domingo
Cena de Domingo por la noche, siempre igual. Las peores horas de la semana, todas juntas en una sola noche de fatiga y ganas de morir profundas y pronunciadas.
Esa noche, aunque de elecciones, era exactamente igual a todas las demás. Todo el día queriendo hacer algo, algo distinto, pero al final no se animaba, a ver si todavía el tiempo no le daba y le jugaba una mala pasada por esa hibridez deforme de tener un día de fin de semana y una noche semanal.
Sentados, uno en cada punta, comiendo y escuchando el sonido del reloj-corazón delator que les gritaba que estaban comiendo a las 8. Si, a las 8, gente grande comiendo a las 8 un fin de semana, o día de semana, pero a las 8.
Los cubiertos no rechinaban contra el plato porque era de plástico, plástico blanco con flores. Bebían vino de caja en vasos marrones de vidrio opaco.
Comer y no charlar, esa era la rutina. Pero ese día se sabrían los resultados de las elecciones, eso daba de qué hablar. Pero no, en la mesa no se habla, en la casa no se habla, desde el anillo, la iglesia, los chicos, no se habla.
Vivían muy cerca del acto triunfal, por las ventanas se filtraban los vitores del ganador.
Estela comía de a pedacitos chiquitos y se imaginaba 48 formas de aniquilar a su marido, pero como había perfeccionado tanto la técnica necesito, esta vez, pensar 20 formas con la derecha, 20 con la izquierda y 8 libres, para hacerlo más entretenido, digo.
El discurso rozaba las cortinas de tela plástica.
"y estoy muy agradecido por esta segunda oportunidad que..."
Y clara siguió un poco más, hasta llegar a la número 60, y fue por lo que decidió levantarse rápido y clavarle un tenedor cerca de la epiglotis y otro en la yugular. Era básico, tan simple que daba gusto.
"y yo y mis compañeros les..."
Qué bueno era volver a lo básico, reconfortante.
"porque nosotros sabemos lo que el pueblo necesita"
Y él se merecía lo básico, nada más. Esa camisa mediocre de cuadritos, abultada a la altura de la panza y manchada con agua y nosequé, con sus botones horrendo y un cartoncito en el bolsillo. Y no olvidemos el peinado, tan sucio y desproloji, grasoso y duro el pelo.
"nosotros queremos gobernar como lo que somos todos, gente honesta"
Tan miserable había sido su vida con él, tan aburrida e insulsa. Planear matarlo era la diversión mas sana y dulce de todas. Podía permitirse comer con una sonrisa de vez en cuando, esa comida barata, que no había problema, él ni se daba cuenta.
De nada.
De nada.
"porque nosotros sabemos que el pueblo es gente buena"
Y la educación insuficiente que le había dado a sus hijos.
"gente altruista"
Y cómo trataba a sus hermanos
"gente emprendedora"
Y sus inexistentes ganas de superarse
"en fin, gente de bien"
Y encima lo quería.
"vamos a trabajar todos juntos"
Y el tenedor en la epiglotis, y el cuchillo en la yugular.
"para un futuro mejor"
Para un futuro mejor, así nomás, sin mucho esfuerzo.
miércoles, 12 de septiembre de 2007
La piedrita
Abrió la reja y sacó el carrito. Cuando la quiso cerrar se trabó, por el óxido que la atacaba cada día.
Le costó un poco, pero al fin se llevó al nene a pasear.
Era difícil maniobrar el carrito por las veredas rotas y con esas chancletas que tanto se le salían, pero daba igual si podía llevarlo con ella a pasear.
A demás, su hija no podía estar encargándose siempre de él, con la facultad y el trabajo, ya bastante que había seguido estudiando. Y era joven la pobre, ¿por qué se iba a perder tantas cosas lindas que le tocaban vivir? Si, para eso estaba ella, que ya las había vivido todas, de todos los colores y sabores.
Iba con su pollera de flores y su remera marrón, la de los brillitos que tanto le gustaban, porque estaba lindo afuera y aunque le doliera la cadera por la humedad, quería pasear igual.
Las piernas también le dolían, y las espalda, las manos, el pelo, las cejas, todo. La plata de la jubilación no le alcanzaba para nada y el remedio la hacía toser. Pero un día se había pedido a si misma comprar la remera, y estaba lindo afuera para pasear con el nieto que Dios le dio.
Le gustaba pasear, le daba tiempo para pensar. Caminaba arrastrando el carrito, el nene no lloraba. Todos los demás lloraban, sus amigas viudas, las chicas abandonadas, los otros bebés, todos menos su nieto...
Siguieron y subieron despacito uno a uno los escalones de los puentes que pasaban sobre el tren. Escaloncito por escaloncito subían, como debe ser.
Cuando al fin llegaron arriba, a la mitad del puente, pararon a descansar.
Pasó un tren
Pasó otro tren para el otro lado
Seguían descansando, y la verdad que estaban cansados. Hacía calorcito de invierno. e dolía la espalda. El esposo de su mejor amiga acababa de morir. El hijo de su vecina acababa de morir. No le importaba para nada quien acababa de morir. Su hija estaba en realidad sin trabajo. Su mamá no podía caminar, y ella iba por el mismo camino. Su hermana nunca había aceptado ser pobre. Su hija estaba en la casa con un tipo. Hacía calorcito.
La gente a veces moría en las vías del tren.
Se quedaron descansando.
-Esperemos que pase otro tren bebé.
Y se quedaron.
Tarareaba, tarareaba para el bebé.
-Mañana va a llover.
Ella tarareaba y el bebé no lloraba.
Seguía y seguía, hasta escuchar al tren. Tarareó más fuerte y el bebé siguió callado.
Lo alzó con cuidado, esperó a que el tren pasara.
Pasó por debajo del puente el tren, y ella lo tiró, como si fuera una piedrita gris, y lo vio rebotar contra el metal y caer en sus amigas piedras. Y no hizo nada de ruido.
Igual hacía calorcito.
Le costó un poco, pero al fin se llevó al nene a pasear.
Era difícil maniobrar el carrito por las veredas rotas y con esas chancletas que tanto se le salían, pero daba igual si podía llevarlo con ella a pasear.
A demás, su hija no podía estar encargándose siempre de él, con la facultad y el trabajo, ya bastante que había seguido estudiando. Y era joven la pobre, ¿por qué se iba a perder tantas cosas lindas que le tocaban vivir? Si, para eso estaba ella, que ya las había vivido todas, de todos los colores y sabores.
Iba con su pollera de flores y su remera marrón, la de los brillitos que tanto le gustaban, porque estaba lindo afuera y aunque le doliera la cadera por la humedad, quería pasear igual.
Las piernas también le dolían, y las espalda, las manos, el pelo, las cejas, todo. La plata de la jubilación no le alcanzaba para nada y el remedio la hacía toser. Pero un día se había pedido a si misma comprar la remera, y estaba lindo afuera para pasear con el nieto que Dios le dio.
Le gustaba pasear, le daba tiempo para pensar. Caminaba arrastrando el carrito, el nene no lloraba. Todos los demás lloraban, sus amigas viudas, las chicas abandonadas, los otros bebés, todos menos su nieto...
Siguieron y subieron despacito uno a uno los escalones de los puentes que pasaban sobre el tren. Escaloncito por escaloncito subían, como debe ser.
Cuando al fin llegaron arriba, a la mitad del puente, pararon a descansar.
Pasó un tren
Pasó otro tren para el otro lado
Seguían descansando, y la verdad que estaban cansados. Hacía calorcito de invierno. e dolía la espalda. El esposo de su mejor amiga acababa de morir. El hijo de su vecina acababa de morir. No le importaba para nada quien acababa de morir. Su hija estaba en realidad sin trabajo. Su mamá no podía caminar, y ella iba por el mismo camino. Su hermana nunca había aceptado ser pobre. Su hija estaba en la casa con un tipo. Hacía calorcito.
La gente a veces moría en las vías del tren.
Se quedaron descansando.
-Esperemos que pase otro tren bebé.
Y se quedaron.
Tarareaba, tarareaba para el bebé.
-Mañana va a llover.
Ella tarareaba y el bebé no lloraba.
Seguía y seguía, hasta escuchar al tren. Tarareó más fuerte y el bebé siguió callado.
Lo alzó con cuidado, esperó a que el tren pasara.
Pasó por debajo del puente el tren, y ella lo tiró, como si fuera una piedrita gris, y lo vio rebotar contra el metal y caer en sus amigas piedras. Y no hizo nada de ruido.
Igual hacía calorcito.
Corriente
La verdad que su vida era bastante aburrida. Todos los días ese ir y venir ínfimo tan rutinario que a cualquiera volvería loco, pero a él le encantaba, le daba seguridad y le hacía creer que estaba haciendo algo útil.
No era el único, por supuesto, había muchos haciendo eso mismo, con la misma actitud, las mismas expectativas, el mismo todo, era uno en millones, uno más, sin destacarse para nada.
Un día, el menos pensado, el más común de todos, la conoció. Estaba de pasada, pero no le importó mucho: para él, todos tenían su misma tarea, todos eran iguales, todos eran uno. Se conocieron en el río, un día en que la corriente estaba particularmente débil. Ella descansaba, descansaba tranquila mientras el la miraba en su ir y venir, sin poder decirle nada más que "hola" o "vos no sos de acá ¿no?. Si hubiera sido por iniciativa de él, nunca hubieran empezad una conversación coherente. Ella, tan explosiva, tan impulsiva, fue a hablarle al caer en la cuenta de lo que él pretendía hacer. Y, para que sepan, darse cuenta de lo que él quería hacer, con tanta timidez rutinaria, era todo un logro.
Comenzaron paseando un poco, hablando de la vida, asuntos triviales como las piedras, el pasto, el calor, esas cosas ¿viste? Nada del otro mundo, pero que con una buena sonrisa parecen las conversaciones más profundas del universo.
Ella hablaba tanto que en unos momentos se contaron sus vidas enteras. Claro, ella hablaba rápido y sin pausas, él no tenía absolutamente nada que decir.
Hicieron de todo juntos, se predijeron el futuro, miraron las formas de las nubes, todo, tanto que él ya se había imaginado una vida juntos, un espacio amplio, algunos chiquitos, tardes enteras bajo el Sol y, por ahí en invierno, llegar a tocar el agua congelada. Siempre había deseado tocar el agua congelada, pero en todas las oportunidades le había dado un miedo terrible de congelarse el también, así, como por arte de magia.
Ahora que la había conocido, no tenía miedo a nada. Era tan chispeante, tan llena de vida que lo contagiaba como nunca nadie lo había contagiado. Si llegaban a tener chicos, quería que fueran como ella, intrépidos y temerarios.
Se hicieron mil promesas, mil juramentos, se dieron todo, se contaron todo, vivieron todo.
Pero un día, un día correntoso, el despertó y ella ya no estaba ahí.
-y ¿qué pasó?
-y... yo soy una onda ¿viste? yo no me muevo mucho, siempre vuelvo a mi lugar al final, ya senté cabeza. Pero ella, ella no. Era tan eléctrica, movediza, incesante, nunca paraba de moverse. Ella era fluir de agua. Ahora debe estar por Rawson, o llegando al mar, no se. O tal vez es otra onda, la verdad no se, no se si se puede hacer eso.
No era el único, por supuesto, había muchos haciendo eso mismo, con la misma actitud, las mismas expectativas, el mismo todo, era uno en millones, uno más, sin destacarse para nada.
Un día, el menos pensado, el más común de todos, la conoció. Estaba de pasada, pero no le importó mucho: para él, todos tenían su misma tarea, todos eran iguales, todos eran uno. Se conocieron en el río, un día en que la corriente estaba particularmente débil. Ella descansaba, descansaba tranquila mientras el la miraba en su ir y venir, sin poder decirle nada más que "hola" o "vos no sos de acá ¿no?. Si hubiera sido por iniciativa de él, nunca hubieran empezad una conversación coherente. Ella, tan explosiva, tan impulsiva, fue a hablarle al caer en la cuenta de lo que él pretendía hacer. Y, para que sepan, darse cuenta de lo que él quería hacer, con tanta timidez rutinaria, era todo un logro.
Comenzaron paseando un poco, hablando de la vida, asuntos triviales como las piedras, el pasto, el calor, esas cosas ¿viste? Nada del otro mundo, pero que con una buena sonrisa parecen las conversaciones más profundas del universo.
Ella hablaba tanto que en unos momentos se contaron sus vidas enteras. Claro, ella hablaba rápido y sin pausas, él no tenía absolutamente nada que decir.
Hicieron de todo juntos, se predijeron el futuro, miraron las formas de las nubes, todo, tanto que él ya se había imaginado una vida juntos, un espacio amplio, algunos chiquitos, tardes enteras bajo el Sol y, por ahí en invierno, llegar a tocar el agua congelada. Siempre había deseado tocar el agua congelada, pero en todas las oportunidades le había dado un miedo terrible de congelarse el también, así, como por arte de magia.
Ahora que la había conocido, no tenía miedo a nada. Era tan chispeante, tan llena de vida que lo contagiaba como nunca nadie lo había contagiado. Si llegaban a tener chicos, quería que fueran como ella, intrépidos y temerarios.
Se hicieron mil promesas, mil juramentos, se dieron todo, se contaron todo, vivieron todo.
Pero un día, un día correntoso, el despertó y ella ya no estaba ahí.
-y ¿qué pasó?
-y... yo soy una onda ¿viste? yo no me muevo mucho, siempre vuelvo a mi lugar al final, ya senté cabeza. Pero ella, ella no. Era tan eléctrica, movediza, incesante, nunca paraba de moverse. Ella era fluir de agua. Ahora debe estar por Rawson, o llegando al mar, no se. O tal vez es otra onda, la verdad no se, no se si se puede hacer eso.
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