Lo único grande que había en su casa era la biblioteca, todo el resto era chico o insuficiente. Había pasado tantas horas mirándola que hasta sabía, de lejos, ubicar cualquier libro. Todos libros viejos, que habían sifo de su abuelo. Su mamá le había dicho que era maestro, y al morir le había dejado todo a ella, su única hija. Ese libro marrón era Fausto. Más abajo estaba Dublineses, de Joyce. No sabía lo que era un dublinés, ni donde quedaba dublín. Arriba estaban los de garcía Marquez, todos los escritos hasta el momento, una de las pocas cosas que su madre se había dedicado a actualizar.
En la cocina las mujeres peleaban. ¿A cuál quería más? No sabía. ¿Cómo se conocían? No sabía, pero había algo ahí que le parecía extraño y triste.
En la biblioteca había también una caja de carbonillas. Una vez, había encontrado a su madre en el sillón llorando ante un puñado de carbonillas. Por suerte ella no se había dado cuenta, y sin saberlo, ese era el único lugar de la casa que le parecía familiar desde entonces.
Siempre había querido leer todos los libros de los estantes. En la cocina, las mujeres peleaban. En otro momento pensó, tal vez en otro momento.
Trató de alcanzar las carbonillas y se sorprendió de lo mucjo que había crecido en esos meses, las alcanzaba casi sin dificultad. Comenzó a dibujarse la mano, los brazos, la panza. De chiquito nunca había sido de esos que dibujaban la pared, nunca le había costado entender que estaba bien y que estaba mal, hasta ese día.
Quería leer todos los libros de la biblioteca, la biblioteca de la cual su madre siempre decía lo mismo: "no te cuelgues, no te cuelgues Tomás que te va a aplastar". ¿Cómo podían aplastarlo tantas palabras? En su vida siempre le habían faltado palabras, por eso quería leerlo todo, quería sepultarse en tantas palabras.
En la cocina las mujeres discutían. Siempre había querido tener una tía, una abuela o alguien, familia, familia que sintiera más familia que su propia madre. No te cuelgues era lo único quele decía, no te cuelgues.
Pero esta vez su mamá, su pseudo mamá sin carbonilla, su semi mamá que lloraba carbonillas como ojos no estaba, estaba discutiendo en la cocina por cosas que quedarían sepultadas entre palabras.
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miércoles, 9 de enero de 2008
Primer día (quinta parte)
Tocó el timbre y los chicos llegaron corriendo. No esperaron que la seño estuviera ahí, pero tampoco le prestaron mucha atención, ni ella a ellos. Para ese entonces, parecía pensar que en el aula sólo eran dos.
Comenzó a guardar sus cosas, lento, muy lento para poder pasar un rato más con ella. No parecía real tener que volver a casa, se había acostumbrado a estar en la escuela, le había parecido que viviría allí por siempre.
Se sentían cerca, pero no se miraban. Ambos tenían las cabezas gachas, pero pudieron darse cuenta de algo. Los chicos sienten todo más rápido, y es por eso que llegó a decir "Ma..." antes de que esta le dijera vamos y lo tomara de la mano.
Ese vamos no era sólo para él. Su madre estaba mirando fijo a la Seño, quien tenía una cara de espanto y vergüenza mayor aun que la que poseia en la fila.
Los tres tardaron aproximadamente treita y cinco recreos largos en llegar a la casa, pero a María le costó menos de un segundo decirle a Tomás que se fuera a jugar a otro lado.
-No te voy a ofrecer café, Mora, ¿qué hacés acá?
A Mora realmente no se le ocurrió nada mejor que decir.-Son tres palabras con tilde esas...
-No te hagas la maestrita acá, nos conocemos, ¿cómo hiciste?
-vos me dijiste que...
-¿Cómo lo encontraste?
-Soy suplente, voy por muchas escuelas y...
-¿Suplente de segundo grado?
-N-no... de muchos grados...
-Claro, el año pasado fuiste suplente de primer grado, ¿no?
Mora bajó la cabeza. Cualquier cosa que María dijera en ese momento era verdad y la avergonzaba.
-Claro, hiciste bien las cuentas. ¿Qué querés acá?
-Quería ver... quería verlo, o algo...
-¿Algo? tu algo fue un poco lejos me parece, Mora.
-No Mari, pero mañana ya no voy más a la escela, quedate tranquila que es un día nada más...
-A que bueno, me quedo tranquila entonces... Mora, ¿vos pensás que vas a verlo una vez así y después no vas a querer seguir viéndolo? ¡No son así las cosas!
-Bueno pero...
-¡¿Qué?!
-Nada.
-Mirá Morita, las cosas son así. A mi me lo dieron, yo lo crié, yo lo cuidé. Él me quiere, yo lo quiero, estamos bien así.
-Pero no es tuyo... no te parece que...
-¡Tampoco tuyo!
-Pero los ojos...
-Son los ojos de José, los mismos que tenía José.
-No Mari, son ojos de carbonilla, fijate que...
-¡Pero dejá de decir pavadas! Ni el chico dice esas cosas..
-No le digas el chico... tiene las carbonillas de Marina.
-A si, las carbonillas de Marina... las mismas que tenés vos, ¿no? Mirá, fijate bien cómo termino Marina.
-No digas eso Mari...
-Sentate, tomemos café, hay que tranquilizarse.
-No María, yo lo quiero ver, ya me cansé, ¡tiene todos los gestos de Marina!
-No puede tener los gestos de Marina porque Marina está muerta Mora, ya no sos una nena, date cuenta.
-No sabés.
-Crecé Mora, me dieron al nene. ¿me dieron a Marina?¿me dieron a Marina y al nene? No, me dieron al nene nada más.
-No tiene nada que ver, puede estar en...
-¿Azúcar?
-¡No es así María! Hay que buscarla, yo se que está en algún lado.
-Es un poco tarde Mora, ya van siete años así.
-No es tarde, vamos a buscarla, vamos los tres.
-Ah, la verdad nunca se me había ocurrido... ya se, primero le explicamos todo al chico...
-Tomás
-si, después lo acepta, total es facil de entender, y después hacemos lo que cientos de personas estuvieron haciendo durante años, ah y después lo logramos y nos llevamos algo bueno... ¡Un cadaver Mora!
-¿Nunca le dijiste nada?
-No. Revolvelo que tiene azúcar en el fondo.
-El piensa que sos su mamá, ¿en serio? Me lo voy a llevar María, vos dijiste, ya no soy una nena.
-No Mora, escuchame bien. Ahora lo tengo yo, es como mi hijo y yo soy su mamá. No vamos a ningún lado y si querés, lo podés ver de vez en cuando. Punto.
-Pero yo también soy...
-No se habla más del tema.
Comenzó a guardar sus cosas, lento, muy lento para poder pasar un rato más con ella. No parecía real tener que volver a casa, se había acostumbrado a estar en la escuela, le había parecido que viviría allí por siempre.
Se sentían cerca, pero no se miraban. Ambos tenían las cabezas gachas, pero pudieron darse cuenta de algo. Los chicos sienten todo más rápido, y es por eso que llegó a decir "Ma..." antes de que esta le dijera vamos y lo tomara de la mano.
Ese vamos no era sólo para él. Su madre estaba mirando fijo a la Seño, quien tenía una cara de espanto y vergüenza mayor aun que la que poseia en la fila.
Los tres tardaron aproximadamente treita y cinco recreos largos en llegar a la casa, pero a María le costó menos de un segundo decirle a Tomás que se fuera a jugar a otro lado.
-No te voy a ofrecer café, Mora, ¿qué hacés acá?
A Mora realmente no se le ocurrió nada mejor que decir.-Son tres palabras con tilde esas...
-No te hagas la maestrita acá, nos conocemos, ¿cómo hiciste?
-vos me dijiste que...
-¿Cómo lo encontraste?
-Soy suplente, voy por muchas escuelas y...
-¿Suplente de segundo grado?
-N-no... de muchos grados...
-Claro, el año pasado fuiste suplente de primer grado, ¿no?
Mora bajó la cabeza. Cualquier cosa que María dijera en ese momento era verdad y la avergonzaba.
-Claro, hiciste bien las cuentas. ¿Qué querés acá?
-Quería ver... quería verlo, o algo...
-¿Algo? tu algo fue un poco lejos me parece, Mora.
-No Mari, pero mañana ya no voy más a la escela, quedate tranquila que es un día nada más...
-A que bueno, me quedo tranquila entonces... Mora, ¿vos pensás que vas a verlo una vez así y después no vas a querer seguir viéndolo? ¡No son así las cosas!
-Bueno pero...
-¡¿Qué?!
-Nada.
-Mirá Morita, las cosas son así. A mi me lo dieron, yo lo crié, yo lo cuidé. Él me quiere, yo lo quiero, estamos bien así.
-Pero no es tuyo... no te parece que...
-¡Tampoco tuyo!
-Pero los ojos...
-Son los ojos de José, los mismos que tenía José.
-No Mari, son ojos de carbonilla, fijate que...
-¡Pero dejá de decir pavadas! Ni el chico dice esas cosas..
-No le digas el chico... tiene las carbonillas de Marina.
-A si, las carbonillas de Marina... las mismas que tenés vos, ¿no? Mirá, fijate bien cómo termino Marina.
-No digas eso Mari...
-Sentate, tomemos café, hay que tranquilizarse.
-No María, yo lo quiero ver, ya me cansé, ¡tiene todos los gestos de Marina!
-No puede tener los gestos de Marina porque Marina está muerta Mora, ya no sos una nena, date cuenta.
-No sabés.
-Crecé Mora, me dieron al nene. ¿me dieron a Marina?¿me dieron a Marina y al nene? No, me dieron al nene nada más.
-No tiene nada que ver, puede estar en...
-¿Azúcar?
-¡No es así María! Hay que buscarla, yo se que está en algún lado.
-Es un poco tarde Mora, ya van siete años así.
-No es tarde, vamos a buscarla, vamos los tres.
-Ah, la verdad nunca se me había ocurrido... ya se, primero le explicamos todo al chico...
-Tomás
-si, después lo acepta, total es facil de entender, y después hacemos lo que cientos de personas estuvieron haciendo durante años, ah y después lo logramos y nos llevamos algo bueno... ¡Un cadaver Mora!
-¿Nunca le dijiste nada?
-No. Revolvelo que tiene azúcar en el fondo.
-El piensa que sos su mamá, ¿en serio? Me lo voy a llevar María, vos dijiste, ya no soy una nena.
-No Mora, escuchame bien. Ahora lo tengo yo, es como mi hijo y yo soy su mamá. No vamos a ningún lado y si querés, lo podés ver de vez en cuando. Punto.
-Pero yo también soy...
-No se habla más del tema.
martes, 8 de enero de 2008
Primer día (cuarta parte)
Tomó una decisión: iba a llamarle la atención de alguna forma, sea como sea. Pintó el mejor dibujo, escribió el mejor cuento con colores, sombras y palabras grandes. Fue un esfuerzo sobrehumano, pero lo había hecho felíz, porque era para ella y ella lo iba a saber valorar.
Se los llevó rápido, casi corriendo y con muecas que denotaban gran entusiasmo. Ella los agarró, sin mirarlo, sin mirar y los guardó. Muy bien dijo, muy bien, y no se dignó a nada más. Él se quedó un rato quieto, a ver si tenía algo más que decirle, pero no había más, nada más.
Le pegó como una puñalada, un vaso de agua fría, como describía Becquer. ¿Nada más? Todo ese esfuerzo...
Se quedó esperando un rato, pobrecito, pero ella seguía ignorándolo de la forma más cruel.
Tal vez el dibujo no era tan colorido, ni el cuento era tan creativo como él creía. Tal vez la había hecho sentir mal, desepcionada. Si, seguro era eso.
Era la hora del recreo pero esta vez no quiso salir. Quería aprovechar el tiempo para hacer un cuento, el más lindo de todos, un cuento sobre un nene y su maestra.
Ella tampococ quiso salir al recreo, se quedó ahí, sola con él.
No podía irse, pero quedarse le costaba otro tanto. No podía habrale, ¡pero si es un nene por Dios! ¿a cuántos nenes se había dirigido en su vida? ¿cuántos nenes se habían enamorado de ella, de la Seño? más que hombres, eso era seguro, entonces ¿por qué no podía hablarle?
Investigó su letra. Era chiquito, pero aun así su trazo era firme y decidido. Sus letras no se parecían en nada, la de ella era delgada, alargada, desinteresada, en cambio la de él era cuidadosa, comprometida, ¿cómo podía ser que un nene de siete años tuviera más sentido del compromiso que ella?
El recreo duró como cinco segundos y enseguida volvieron los demás chicos. Tuvo que abrir bien los ojos y mirar hacia arriba para que no calleran lágrimas.
Esta vez le iba a gustar el dibujo. Se levantó seguro y fue. Decidió dirigirse a ella, decirle seño y así obligarla a contestar.
Esta vez ella lo miró, y también miró el dibujo, abrió la boca pero ningún sonido atinó a salir. Lo que si pudo fue sonreír, sonreír con la boca y los ojos, hasta con las mejillas y la nariz.
Eso era suficiente como para todo el día, había logrado sonreír. Pero en seguida se quedó en seco: tenían los mismos ojos, idénticos. Los ojos marrones eran comunes, pero los de ellos tenían algo distinto, parecían pintados con carbonilla, como decía Marina. Justo los ojos tenían idénticos, y lo que decía Marina, y Marina... ya no había nada por qué sonreír.
No entendió nada. El cuento estaba bien,no tenía errores, la sonrisa había estado ahí, ¿qué era entonces? ¿quería otro dibujo? Si, seguro quería otro dibujo y cuando vio que era un cuento se desepcionó. Otra vez la había desepcionado.
Se volvió a quedar solo en el aula, pero ella se fue. Se fue para comprar un yogurt y hablar del fin de semana con las otras maestras, se fue para alejarse de los ojos. Yogurt y fin de semana, no alumno ojos de carbonilla.
Charló, sonrió, saboreó todas las acciones pedestres. Era una más y sin embargo en el aula estaba ese nene, el nene de sus ojos, literalmente, haciendo otro dibujo por el cual no iba a poder sonreír. Una hora más y listo, no tenía que volver al otro día si no quería, si no podía.
Esta vez el timbre tardó tres días en sonar, tres días exactos con sus setenta y dos horas, 4320 minutos y 259200 segundos de yogurt y charlas, para volver al aula.
Hablaba casi por primera vez
-Bueno chicos, me dijo la dire que ahora tienen gimnasia.
Escuchó la palabra Dire recién cuando salió de su boca.
Se encerró en el baño a mirarse los ojos de carbonilla de Marina, los que parecían sombreados, por los que recibía el "qué suerte, así nunca te tenés que sombrear". Qué importaba no tener que sombrearse, si cada vez que se mirara al espejo iba a recordar a marina, todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches.
Se sentó en el escritorio a pensar en ella otra vez. Sabía que él estaba pensando en ella, en su seño, pero si supiera de Marina, ambos estarían pensando en lo mismo.
Miraba el reloj, y era tan Dalí que necesitaba escapar. Pero cuando quiso guardar su cosas e irse rápido, no pudo.
Se los llevó rápido, casi corriendo y con muecas que denotaban gran entusiasmo. Ella los agarró, sin mirarlo, sin mirar y los guardó. Muy bien dijo, muy bien, y no se dignó a nada más. Él se quedó un rato quieto, a ver si tenía algo más que decirle, pero no había más, nada más.
Le pegó como una puñalada, un vaso de agua fría, como describía Becquer. ¿Nada más? Todo ese esfuerzo...
Se quedó esperando un rato, pobrecito, pero ella seguía ignorándolo de la forma más cruel.
Tal vez el dibujo no era tan colorido, ni el cuento era tan creativo como él creía. Tal vez la había hecho sentir mal, desepcionada. Si, seguro era eso.
Era la hora del recreo pero esta vez no quiso salir. Quería aprovechar el tiempo para hacer un cuento, el más lindo de todos, un cuento sobre un nene y su maestra.
Ella tampococ quiso salir al recreo, se quedó ahí, sola con él.
No podía irse, pero quedarse le costaba otro tanto. No podía habrale, ¡pero si es un nene por Dios! ¿a cuántos nenes se había dirigido en su vida? ¿cuántos nenes se habían enamorado de ella, de la Seño? más que hombres, eso era seguro, entonces ¿por qué no podía hablarle?
Investigó su letra. Era chiquito, pero aun así su trazo era firme y decidido. Sus letras no se parecían en nada, la de ella era delgada, alargada, desinteresada, en cambio la de él era cuidadosa, comprometida, ¿cómo podía ser que un nene de siete años tuviera más sentido del compromiso que ella?
El recreo duró como cinco segundos y enseguida volvieron los demás chicos. Tuvo que abrir bien los ojos y mirar hacia arriba para que no calleran lágrimas.
Esta vez le iba a gustar el dibujo. Se levantó seguro y fue. Decidió dirigirse a ella, decirle seño y así obligarla a contestar.
Esta vez ella lo miró, y también miró el dibujo, abrió la boca pero ningún sonido atinó a salir. Lo que si pudo fue sonreír, sonreír con la boca y los ojos, hasta con las mejillas y la nariz.
Eso era suficiente como para todo el día, había logrado sonreír. Pero en seguida se quedó en seco: tenían los mismos ojos, idénticos. Los ojos marrones eran comunes, pero los de ellos tenían algo distinto, parecían pintados con carbonilla, como decía Marina. Justo los ojos tenían idénticos, y lo que decía Marina, y Marina... ya no había nada por qué sonreír.
No entendió nada. El cuento estaba bien,no tenía errores, la sonrisa había estado ahí, ¿qué era entonces? ¿quería otro dibujo? Si, seguro quería otro dibujo y cuando vio que era un cuento se desepcionó. Otra vez la había desepcionado.
Se volvió a quedar solo en el aula, pero ella se fue. Se fue para comprar un yogurt y hablar del fin de semana con las otras maestras, se fue para alejarse de los ojos. Yogurt y fin de semana, no alumno ojos de carbonilla.
Charló, sonrió, saboreó todas las acciones pedestres. Era una más y sin embargo en el aula estaba ese nene, el nene de sus ojos, literalmente, haciendo otro dibujo por el cual no iba a poder sonreír. Una hora más y listo, no tenía que volver al otro día si no quería, si no podía.
Esta vez el timbre tardó tres días en sonar, tres días exactos con sus setenta y dos horas, 4320 minutos y 259200 segundos de yogurt y charlas, para volver al aula.
Hablaba casi por primera vez
-Bueno chicos, me dijo la dire que ahora tienen gimnasia.
Escuchó la palabra Dire recién cuando salió de su boca.
Se encerró en el baño a mirarse los ojos de carbonilla de Marina, los que parecían sombreados, por los que recibía el "qué suerte, así nunca te tenés que sombrear". Qué importaba no tener que sombrearse, si cada vez que se mirara al espejo iba a recordar a marina, todas las mañanas, todas las tardes y todas las noches.
Se sentó en el escritorio a pensar en ella otra vez. Sabía que él estaba pensando en ella, en su seño, pero si supiera de Marina, ambos estarían pensando en lo mismo.
Miraba el reloj, y era tan Dalí que necesitaba escapar. Pero cuando quiso guardar su cosas e irse rápido, no pudo.
Primer día (tercera parte)
Quería tanto a su seño anterior... estaba seguro de que nadie, nadie la había querido como él. Tenía una conexión por los ojos, una conexión única. No quería dejarla y mudarse con otra, ya bastante había sido dejarla en el verano e irse con su mamá, engañarla. él era de esos pocos que nunca había cometido el grave error de decirle a la Seño mamá.
Pero ahora tenía que resignarse a convivir con la nueva, una nueva mujer en su vida. Pensaba en los chicos más grandes, los que hoy tenían su último primer día de clases. Cuando a él le llegara el turno del último primer día, muchas mujeres habrán pasado por su vida.
La fila. Estaban todos en la fila por ser el primer día, a una baldosa de distancia. Estaban todas las seños, las más grandes, las más chicas, los profes, las profes y la directora. Junto a ella estaba parada una chica, una chica flaca de pelo lacio, largo y oscuro, vestida con una pollera rosa que asomaba por debajo del guardapolvo, unos zapatos bajos y lo que parecía ser una remera blanca. Tenía a demás una cara de espanto mal disimulada, la cual pesaba tanto que le permitía sólo mirar al piso.
Esta chica era la nueva seño.
Antes de darse cuenta, ya estaba en el aula. Sentado ahí con su compañero esperaba a la gloriosa seño sin hablar, para poder imaginar su voz.
Llegó al fin, después de diez mil años y en compañía de la directora. Se hicieron presentaciones que no eran necesarias, todos sabían quien era ella y, a juzgar por los cartelitos de la pared, ella sabía quienes eran ellos.
La primera mirada que se desprendió del piso fue directo hacia él. No lo miró como miran las seños, porque a las seños nunca se les llenan los ojos de lágrimas, por lo menos no frente a sus alumnos.
La directora se fue sin que nadie se diera cuenta y todos se quedaron sentados, esperando la próxima movida de la nueva seño. Pero la nueva seño realmente no sabía qué hacer, porque la nueva seño, aunque nadie supiera, estaba ahí sólo por él.
Lo miraba a cada rato, lo miraba entre las tareas, desde el pizarrón, cuando iba a buscar cosas al armario, siempre. Esa si era una conexión de ojos. Pero claro, ella era una adulta y sabía muy bien cómo hacer para que él pensara que lo estaba ignorando, o por lo menos que no le estaba prestando más atención que al resto de los chicos.
No quería pintar, escribir ni cortar, no quería hacer nada si ella lo ignoraba. En eso se cruzó a su antigua, su amada seño y nada. Ella lo saludó feliz de volver a verlo y él la ignoró, tan cruel como suena, quería que todos vivieran lo que él estaba viviendo ahora, quería que todos notaran que había conocido el rencor.
Pero ahora tenía que resignarse a convivir con la nueva, una nueva mujer en su vida. Pensaba en los chicos más grandes, los que hoy tenían su último primer día de clases. Cuando a él le llegara el turno del último primer día, muchas mujeres habrán pasado por su vida.
La fila. Estaban todos en la fila por ser el primer día, a una baldosa de distancia. Estaban todas las seños, las más grandes, las más chicas, los profes, las profes y la directora. Junto a ella estaba parada una chica, una chica flaca de pelo lacio, largo y oscuro, vestida con una pollera rosa que asomaba por debajo del guardapolvo, unos zapatos bajos y lo que parecía ser una remera blanca. Tenía a demás una cara de espanto mal disimulada, la cual pesaba tanto que le permitía sólo mirar al piso.
Esta chica era la nueva seño.
Antes de darse cuenta, ya estaba en el aula. Sentado ahí con su compañero esperaba a la gloriosa seño sin hablar, para poder imaginar su voz.
Llegó al fin, después de diez mil años y en compañía de la directora. Se hicieron presentaciones que no eran necesarias, todos sabían quien era ella y, a juzgar por los cartelitos de la pared, ella sabía quienes eran ellos.
La primera mirada que se desprendió del piso fue directo hacia él. No lo miró como miran las seños, porque a las seños nunca se les llenan los ojos de lágrimas, por lo menos no frente a sus alumnos.
La directora se fue sin que nadie se diera cuenta y todos se quedaron sentados, esperando la próxima movida de la nueva seño. Pero la nueva seño realmente no sabía qué hacer, porque la nueva seño, aunque nadie supiera, estaba ahí sólo por él.
Lo miraba a cada rato, lo miraba entre las tareas, desde el pizarrón, cuando iba a buscar cosas al armario, siempre. Esa si era una conexión de ojos. Pero claro, ella era una adulta y sabía muy bien cómo hacer para que él pensara que lo estaba ignorando, o por lo menos que no le estaba prestando más atención que al resto de los chicos.
No quería pintar, escribir ni cortar, no quería hacer nada si ella lo ignoraba. En eso se cruzó a su antigua, su amada seño y nada. Ella lo saludó feliz de volver a verlo y él la ignoró, tan cruel como suena, quería que todos vivieran lo que él estaba viviendo ahora, quería que todos notaran que había conocido el rencor.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Primer día (segunda parte)
Se levantó como aturdido, miraba las paredes iluminadas y ya no entendía nada. Todo lo anterior había sido un sueño y se escurría, como siempre, al encender la mugrienta luz artificial.
Pero recordó que estaba contento y ansioso, si, porque todo eso pasara. Las luces, los gritos, todo era buena señal. Vió el guardapolvos acomodado en la silla y terminó de caer en la cuenta, era de nuevo el primer día.
La escuela tiene esa cosa, en la que existe un primer día, pero no es el único. Hay por lo menso doce primeros días, una docena de primeros días de clases todos distintos y todos iguales, de primero al último y del último al primero.
Se cambió rápido, la luz ya le había llegado al cerebro y comenzaba a acomodarle las ideas. Primero el pantalón, después la remera, las medias, los zapatos y por último a desayunar, el guardapolvos venía después, para no ensuciarse.
Se lavó la cara y las manos, su mamá nunca le había pedido estas precauciones, pero él las tenía bien claras. Su mamá estaba ahi en la cocina, tomando un buen libro con su café.
Él se hizo solo el desayuno, no quería ayuda, ya era grande. Tan grande que podía leer el título del ejemplar de "sobre héroes y tumbas" que leia su mamá. Sabía que no podría saber nunca con certeza de que se trataba, pero podía entender cosas complejas como que lo héroes no eran como él los imaginaba.
Su desayuno fue bueno, bueno y silencioso por supuesto, suficiente como para llegar a la parte del guardapolvos en paz.
Él arregló sus cosas y su mamá las de ella, todo en silencio y sin roce. Cerraron la puerta uno al lado del otro y la miraron. No les alegraba verla, pero tampoco era una calamidad.
Caminar de la mano a veces podía ser tan incómodo... pero era necesario, una convención que todos debían respetar. El camino terminó en poco tiempo, pero en tiempo lento, más lento que todos los tiempos juntos.
Odiaba los diálogos por ser tan antinaturales, esa era una de las cosas de adultos que solía pensar. Pero su madre le dio a entender, de una forma u otra, que sabía lo que el día significaba para él, eso, y así pudieron soltarse las manos e irse, chau mamá, chau hijo, hasta nunca, hasta hoy a la tarde.
El problema con los diálogos era engañoso, no era que los odiaba por falsos, el problema era no poder confesar, ni siquiera con su tono de voz, que había estado pensando en otra. Pensar en una nueva seño era algo que lo ahogaba.
Pero recordó que estaba contento y ansioso, si, porque todo eso pasara. Las luces, los gritos, todo era buena señal. Vió el guardapolvos acomodado en la silla y terminó de caer en la cuenta, era de nuevo el primer día.
La escuela tiene esa cosa, en la que existe un primer día, pero no es el único. Hay por lo menso doce primeros días, una docena de primeros días de clases todos distintos y todos iguales, de primero al último y del último al primero.
Se cambió rápido, la luz ya le había llegado al cerebro y comenzaba a acomodarle las ideas. Primero el pantalón, después la remera, las medias, los zapatos y por último a desayunar, el guardapolvos venía después, para no ensuciarse.
Se lavó la cara y las manos, su mamá nunca le había pedido estas precauciones, pero él las tenía bien claras. Su mamá estaba ahi en la cocina, tomando un buen libro con su café.
Él se hizo solo el desayuno, no quería ayuda, ya era grande. Tan grande que podía leer el título del ejemplar de "sobre héroes y tumbas" que leia su mamá. Sabía que no podría saber nunca con certeza de que se trataba, pero podía entender cosas complejas como que lo héroes no eran como él los imaginaba.
Su desayuno fue bueno, bueno y silencioso por supuesto, suficiente como para llegar a la parte del guardapolvos en paz.
Él arregló sus cosas y su mamá las de ella, todo en silencio y sin roce. Cerraron la puerta uno al lado del otro y la miraron. No les alegraba verla, pero tampoco era una calamidad.
Caminar de la mano a veces podía ser tan incómodo... pero era necesario, una convención que todos debían respetar. El camino terminó en poco tiempo, pero en tiempo lento, más lento que todos los tiempos juntos.
Odiaba los diálogos por ser tan antinaturales, esa era una de las cosas de adultos que solía pensar. Pero su madre le dio a entender, de una forma u otra, que sabía lo que el día significaba para él, eso, y así pudieron soltarse las manos e irse, chau mamá, chau hijo, hasta nunca, hasta hoy a la tarde.
El problema con los diálogos era engañoso, no era que los odiaba por falsos, el problema era no poder confesar, ni siquiera con su tono de voz, que había estado pensando en otra. Pensar en una nueva seño era algo que lo ahogaba.
sábado, 15 de diciembre de 2007
Primer día (primeras horas)
Se levantó por lo menos tres horas antes. Le parecía haber dormido una eternidad, pero la oscuridad le decía que todavía no eran ni las ocho. Hubiera preferido morir a vivir en vela esos últimos minutos, pero no lo sabía aún porque era muy chico y no sabía que no era solo matar, también se podía morir.
Dio vueltas en la cama, pero a cada rato lo invadían sombras del año anterior. Durante 7 años odió su ama, odió sus vueltas, odió todos sus recovecos. La odiaba al acostarse y la seguía odiando al despertarse, pero había días en los que llegar a ella era su única razón de ser. Casi como un domingo.
Se perdió entre imágenes hasta que la luz de día atravezó las persianas, dibujando elipses en la pared. Sabía que debía quedarse esperando, mirando los puntitos que flotaban en los lugares que tocaba la luz, sólo en los que tocaba la luz. Sabía también que si intentaba tocarlos, o hacerlos mover en otra dirección le resultaría imposible, los puntitos estaban pegados a la luz como los pelos a la cabeza. Llegó a pensr que era la luz la que se movía, y los puntitos con ella, pero para ese entonces resolvió, siempre en la cama, que le había dedicado demasiado tiempo a la cuestión.
Apoyó la cabeza en la almohada y la giró hacia un lado. La pared estaba vacía, su mamá no se había levantado aun y deseaba que el tiempo pasara más rápido, pero estaba seguro de que el tiempo, a esas horas, pasaba siempre más lento.
Se aburría y creia escuchar el sonido de la ducha, se aburria de todo lo anterior con su aburrimiento tal vez comparable a la tarea de escribir su aburrido aburrimiento, o aún más, de leerlo.
Durante mucho tiempo estuvo con la mente en blanco, llenando el vacío con el sonido del reloj de la cocina. Estaba casi en transe,escuchó un ruido pero no le hizo caso, eran tan cómodo no pensra en nada una vez.
Escuchó otro ruido, y otro, cada vez más fuerte. Se prendieron las luces, todas de golpe y sin piedad. Era su madre, que venía a despertarlo al fin.
Dio vueltas en la cama, pero a cada rato lo invadían sombras del año anterior. Durante 7 años odió su ama, odió sus vueltas, odió todos sus recovecos. La odiaba al acostarse y la seguía odiando al despertarse, pero había días en los que llegar a ella era su única razón de ser. Casi como un domingo.
Se perdió entre imágenes hasta que la luz de día atravezó las persianas, dibujando elipses en la pared. Sabía que debía quedarse esperando, mirando los puntitos que flotaban en los lugares que tocaba la luz, sólo en los que tocaba la luz. Sabía también que si intentaba tocarlos, o hacerlos mover en otra dirección le resultaría imposible, los puntitos estaban pegados a la luz como los pelos a la cabeza. Llegó a pensr que era la luz la que se movía, y los puntitos con ella, pero para ese entonces resolvió, siempre en la cama, que le había dedicado demasiado tiempo a la cuestión.
Apoyó la cabeza en la almohada y la giró hacia un lado. La pared estaba vacía, su mamá no se había levantado aun y deseaba que el tiempo pasara más rápido, pero estaba seguro de que el tiempo, a esas horas, pasaba siempre más lento.
Se aburría y creia escuchar el sonido de la ducha, se aburria de todo lo anterior con su aburrimiento tal vez comparable a la tarea de escribir su aburrido aburrimiento, o aún más, de leerlo.
Durante mucho tiempo estuvo con la mente en blanco, llenando el vacío con el sonido del reloj de la cocina. Estaba casi en transe,escuchó un ruido pero no le hizo caso, eran tan cómodo no pensra en nada una vez.
Escuchó otro ruido, y otro, cada vez más fuerte. Se prendieron las luces, todas de golpe y sin piedad. Era su madre, que venía a despertarlo al fin.
viernes, 14 de diciembre de 2007
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