domingo, 17 de mayo de 2009

One of these days, I'm going to cut you into little pieces.



Si se levantó a la mañana fue porque sabía algo de física, o por lo menos de biología seguro. Tenía el cuerpo ahí sobre la mesa y estaba seguro de que tarde o temprano, algo le iba a pasar.

El olor sería lo de menos, por lo menos en ese antro mugriento, tan lleno de comida de frente y de espaldas tirada haciendo nada y mirando la televisión. Espacio no sobraba, pero siempre se podía apilar algo más. El tema era eso, que algo le iba a pasar, y así como estaba ahora tenía pinta de no poder estar mejor. Estaba fresco, fresquísimo, recién salido del horno, o de la heladera, porque caliente no estaba. Le sobraba tela pero eso se solucionaba rápido, y poco tenía que ver con la superficie. Pensaba en cómo iba estar sin tanta cosa y le fascinaba, libre y sin descomponer. Hablarle en voz alta hubiese sido un poco bizarro, peor de no serlo un te amo le salía seguro. Ahora podía pensarlo, o darlo por hecho, mientras se vestía y, por qué no, se bañaba. Ropa limpia casi no había pero para la ocasión, algo se encuentra.

Si eso era un ritual, ya estaba lista la primera parte: desayuno, baño, ropa, limpio todo. Lo otro estaba siendo preparado, cuchillos, algunos tenedores, un mechero chico, alcohol, tinturas de colores varios. Todo arriba de la mesa, siguiendo la línea de empezar. La mesa era grande, bastante lugar para cortar.

El primero fue el glorioso, y después siguieron los demás. Cortando pedazos grandes, puestos en una tabla para hacer primero cuadraditos. Cuando le fue tomando la mano, aportó formas, rectángulos, triángulos... a algunas partes las amasó y creó esferas.

Fue subiendo por las piernas y paró en los hombros, a la cabeza la dejó para después, pero siguió con el pelo. Lo cortó y lo hizo trenzas, lo enmarañó, lo ató todo con cuidado. Nunca se había visto tan dulce, tan sonriente, es su puta vida había estado tan enamorado. A mitad de camino se dio cuenta de que estaba cantando, y se puso a girar la cabeza, pero ya no le sonaba el cuello. Sus músculos estaban todos relajados, descontando los de la cara, que no paraban de sonreír.

Tenía una cosa... algo adentro se le inflaba, y cortaba. Cortaba y silbaba, tomaba agua de un vaso gigante.

Cuando llego al pico de moverse de contento, se dejo llegar a la cara. Cortó un labio y de ahí saliò sangre. No sabía si podía salir mucha, no sabía tanto de esas cosas, pero salió la sangre del tajo y le tiñó los dedos. Éxtasis total, la acercó, la olió, por supuesto que no la probó, nada raro. Se lavó los dedos en el vaso, ya no iba a tomar.

De los pómulos sacó lo que pudo, lonjas de varios tipos. Con los ojos tuvo cuidado, los quería bien sanos. Cómo le gustaba, eso no tenía nombre. Si tuviese que ponerse elegir, era la mejor mañana de su vida.

Terminó, la primera gran parte ya estaba,se fue a almorzar y la mente divagaba. No podía dejar de repetir todo lo anterior, retrocedía, adelantaba, frenaba, pasaba cuadro, cuadro, cuadro. Casi no comía, se le caían las ideas en el plato, planes a futuro que le enfriaban las papas. Para el borde de la bañadera iba a usar verde. La comida del perro de la otra semana iba a ser variada, la piñata bien llena en el cumple de Mica. No había sinanpsis más que para eso, así que volvió a la mesa.

Estaba todo ahí ordenado, separado por tamaños en la pieza que afuera se caía a pedazos. Sacó una lámpara de abajo de la mesa, puso colorante azul en un plato y empezó e decorado. Entra pedacito, se moja, se pega en el borde de la lámpara, así varias veces. La tintura no tenía la textura de la sangre, y si se caía era más dificil de restañar, pero el color carne con el azul tenía buen efecto. Cuando dejó eso, guardó el resto en el freezer, menos un platito de triángulos, que fueron a parar a la heladera, y los huesos, que fueron a un baúl. Las víceras quedaron en una bolsa y a los ojos los separó, uno al llavero y otro el la mesa del televisor.

El perro comió balanceado con hígado, riñones, páncreas, y lo último que le dio fueron los ovarios. Pulmones no le dio, le daba miedo que se muriera. Las víceras no le gustaban tanto, y pasó a considerarlas partes de otra cosa. Con la carne siguió inventando. Una vez hasta salió de su casa haciendo un camino de falanges, como Hansel y Gretel. La casa nunca había estado tan colorida, y hasta los dedos le habían tomado el tono de las tinturas. Empezó a poner música efusiva, la casa de afuera con los oídos destapados era otra, se escuchaba bien pero se seguía cayendo a pedazos.

Bastaba con alejarse quince minutos que ya no aguantaba más, la extrañaba. Quería tener cerca cada pedacito, blanco, rojo, azul, para mirarlos por lo menos. Si estaba lejos, casi siempre era en eso en lo que pensaba. Si le hablaban, raro que contestara. Estaba embobado a más no poder. La gente no lo soportaba, pero estaba tan tratable, tan querible que nadie lo insultaba. En el colectivo a veces se imaginaba frente al freezer, sacando una bolsita y pasándola por sus manos, separando con el movimiento los pedacitos que se habían pegado. Se ponía sentando en el sillón, con el vaso gigante adelante, embocando pedacitos a distancia. Los chicos eran amarillos, los medianos verdes y los rojos valían cien puntos. No era productivo pero sentía que había subido varios peldaños.

Se acordaba muy pocas veces de cuando tenía voz. No le resultaba molesto para nada, pero era más bien innecesario. Esataba tan bien así, con esa nueva forma... no extrañaba hablar y que le contestara, pero había sabido en su momento dar buenas respuestas. Era tranquila, la pasaban bien, a veces gritaban. A estas cosas no las trabajaba mucho: viajaba poco para no alejarse de casa. Se acordó de paso del día ese en que, escuchando música sin hacer nada, ella le había dicho que le gustaba estar ahí sentada, sabiendo que cualquier día que escucharan de nuevo ese tema, el no tendría problema en cortarla en pedacitos. Y ahí estabamos, todos tan contentos.

Unos días después de eso, dos, tres, cuatro semanas, se le acabaron los pedacitos del freezer, pero fue todo tan lento que ni pensó en entrar en pánico. Llegó a casa un día, de lejos y escuchando radio por un auricular, cuando de paso abrió la puerta y vio que la última bolsa ya estaba vacía. El día anterior se le había acalambrado la cara mientas le hacía una tribuna de esferas de carne atrás de los arcos del metegol. Ese día abrió la puerta y se quedó parado un rato, pero no abrio la boca, seguía sin ser bizarro. Antes de sentarse en el sillón puso Meddle pero no se le cayó nada, ya estaba, ya se le había pasado.