jueves, 27 de agosto de 2009

amor griego

Me da miedo el amor de los griegos. Lavar de otro cuerpo la sangre del marido. Que haya sangre que lavar, que restañar.

Hay tan poca sangre que ni degollando habrá algo que restañar. No hay nada. Pueden encerrarnos en un armario y dormiremos adentro.

Hay un cuerpo tirado en la arena. La cara mira al mar, pero nos ojos no ven nada. Los brazos, las piernas, los hombros, perdieron la armonía en sus ángulos, y la arena se mete y sale, se mueve apenas con el viento mientras el cuerpo mirá el mar pero no ve agua.Este cuerpo estuvo ahi siempre, siempre hubo un cuerpo en la arena. Hoy es este hombre, tirado de frente con sus manos sucias de arena pegada, ayer tal vez fue otro, o el mismo que está hace días, que no ve a nadie y nadie lo ve.

Si este cuerpo hubiera sabido que iba a terminar ahi postrato, hubiese odiado el mar, acaso. Evitar la playa hubiese sido su primera reacción, cada resquicio de arena y playa. Si hubiese estado enterado de la arena que ahora le llenaba la cara, solo habría tomado rutas verticales, nunca al mar o a la cordillera. La idea siempre estuvo: este cuerpo termina donde empieza el mar. Todos tenian un mar donde caer, la información siempre es la que falla.

Este igual no es el caso. El cuerpo de la playa, cuando era más que cuerpo, era cuerpo y noticia. Supo, sabía, que un día la arena se lo iba a tragar.

Pobre dicen que hubiese sido su vida de saber que en cualquier momento caería muerto en la arena, pero no es menso pobre ahora, frio y seco tan cerca del agua. ¿Y si hubiese sabido que el fin era ese?¿y si hubiese estado acercándose a propósito? Planeando la mitad del tiempo estar cerca, reuniendo circunstancias la otra mitad, una tarea de artesano, morir en la costa, en la arena, con los brazos torcidos, las piernas desviadas, mirando al mar, con sorpresa en la cara, ojos de nada. Vivir sabiendo que se morirá con ojos de nada, tener siempre algo en los ojos para vomitar antes de aterrizar de espaldas.

Un muerto tirado en la arena. Primero no se sabe si sabia que iba a morir ahi, pero estaba dicho. Después se revela que él iba a morir ahi. Después, el elige morir ahi. Tiene algo que buscar, tiene sangre que restañar.

y cuando ya muere se levanta, y ahora si está muerto, proque la playa es grande y le da lo mismo para donde va.

domingo, 9 de agosto de 2009

acido tranvico

El discurso estaba estirado de tanto repetirlo, estirado y lleno de huecos. Y es que lo repetía tantas veces, tantos vagones caminaba repitiendo esas palabras, frente a miles de personas que emprendían cientos de viajes para escucharlo cada uno por lo menos una decena de veces.
Estirado, con agujeros y sin textura. El tono era uno solo, casi sin pausas, respirando entre final y principio sin abrir la boca a menos que los mocos le impidiesen respirar. Y si era molesto decirlo, aunque en realidad no lo era, peor resultaba escucharlo. Porque desde el asiento estático, viendo a la ciudad que se movía, o con la vista semitapada por un brazo tomando un barandal, se sentía tan fatigoso que ni en pensar por sobre eso se podía. Y pensar sobre eso tal vez hubiese sido saber que peor sería repetirlo, ser un prometeo del tren con los papelitos gastados, arrugados, y tantos no gracias de gente fastidiada por uno mismo y por todos los demás.
Pero el fastidio era general, y muy particular hacia el fondo del exacto vagón del medio, ese que nunca se reconoce porque el que busca apunta al primero o al último. Era particular hacia el fondo, asiento que avanzaba hacia atrás, viendo despegarse del tren piedras, alambrados y casas, o edificios cerca del centro. Y era fastidio más que particular, era puntual, justo, cabal, fastidio de preguntarse que tanto más sería conforme se fuese acercando, con la voz más aguda, el discurso gastado y harapiento bajo los efectos de doppler. Y de seguro sería punzante y latoso, y peor aun con ese papelito puesto en la falda, sordo el papelito al no gracias inmenso y tajante que se proponía como un puñal de los de protocolo. Fastidioso al punto de sentir un castigo por viajar en tren, por no tener un auto, por tener que compartir espacio, aire, con esa gente, gente que traía sus aires de esos barrios, barrios que de seguro tenían guardados aires de esos países que no eran suyos y por suerte jamás lo serían. Se acercaría limosneando y la obligaría el aire a bajar la vista como si esa masa de carne y hueso que con vida decimos persona fuese a quemarle las corneas, no te pongas vizca que te vas a quedar así le decían, y no los mires a la cara.
Bajaba ya la vista, practicando para tener algo que hacer, pero con la mano descuidada y suelta sobre el pelo. Y a la mano suelta fue a parar no un papel, sino un cartón con alguna cosa para, paradoja, el pelo, y consciente de lo que tocaba sus dedos lo dejó caer, lamentando no poder verla levantarlo, por las corneas claro. Tampoco pudo verla clavar sus ojos en sus manos, en su pelo, y bajar hacía el cuello. Los sintió en todo su recorrido, pero como si fuese un tigre lo que la acechaba, no movió un músculo.
Indignada en su dignidad de estación rivadavia, giro el punto hacia la cara, y con el, todo el cuerpo. Quedó de frente a ella, las manos apoyadas en sus propias piernas, frente al libro de la otra que seguía protegiendo su vista hacia abajo.
La mirada le pesaba ya en los ojos y el discurso seguía, saliendo por una boca para entrar sólo en sus oídos, La cinta larga y desmembrada entraba infinita pero ella seguía firme en ignorarla. Al final una mano obvia la tomo bajo la quijada intentando levantarla, y quedaron ojos con ojos, órbitas encontradas. Junto con los ojos, el cartón fue a parar de prepo y nuevo a su falda, o al libro sobre ella en realidad y cayó al suelo de ese tren en movimiento. Los ojos de papel gastado ajaron al cartón gritando un fuerte levantalo, mientras la boca seguía mentiendo cinta por los oídos. Otro final y otra mano golpeó la de la quijada, antes de levantarse de un salto y sin tocar, despejar el camino. Desde el piso un pie intento soltarse de una mano que buscaba frenarlo, consumó el otro taco que sacó música de huesos.
Casi con coordinación perfecta con el tiempo se abrieron las puertas y salio ese todo, son cartones y con miles de ojos que, poco interesados, lo consideraban llenos de nada.
Fue en realidad como el arbol cuya rama al caer no suena porque nadie la escucha, no conocía a nadie en el tren y a nadie e interesaba ese masacote de discursos monofònicos aun estirado en el suelo, todos tenían córneas y planeaban concervarlas.

Pero otro todo y nada bajó detrás de ella, se había soltado rápido y mejor le parecía seguirla al salir, mirarla como quien sabe las cosas y nada más, era así de fácil si en trenes se encontraban.

domingo, 17 de mayo de 2009

One of these days, I'm going to cut you into little pieces.



Si se levantó a la mañana fue porque sabía algo de física, o por lo menos de biología seguro. Tenía el cuerpo ahí sobre la mesa y estaba seguro de que tarde o temprano, algo le iba a pasar.

El olor sería lo de menos, por lo menos en ese antro mugriento, tan lleno de comida de frente y de espaldas tirada haciendo nada y mirando la televisión. Espacio no sobraba, pero siempre se podía apilar algo más. El tema era eso, que algo le iba a pasar, y así como estaba ahora tenía pinta de no poder estar mejor. Estaba fresco, fresquísimo, recién salido del horno, o de la heladera, porque caliente no estaba. Le sobraba tela pero eso se solucionaba rápido, y poco tenía que ver con la superficie. Pensaba en cómo iba estar sin tanta cosa y le fascinaba, libre y sin descomponer. Hablarle en voz alta hubiese sido un poco bizarro, peor de no serlo un te amo le salía seguro. Ahora podía pensarlo, o darlo por hecho, mientras se vestía y, por qué no, se bañaba. Ropa limpia casi no había pero para la ocasión, algo se encuentra.

Si eso era un ritual, ya estaba lista la primera parte: desayuno, baño, ropa, limpio todo. Lo otro estaba siendo preparado, cuchillos, algunos tenedores, un mechero chico, alcohol, tinturas de colores varios. Todo arriba de la mesa, siguiendo la línea de empezar. La mesa era grande, bastante lugar para cortar.

El primero fue el glorioso, y después siguieron los demás. Cortando pedazos grandes, puestos en una tabla para hacer primero cuadraditos. Cuando le fue tomando la mano, aportó formas, rectángulos, triángulos... a algunas partes las amasó y creó esferas.

Fue subiendo por las piernas y paró en los hombros, a la cabeza la dejó para después, pero siguió con el pelo. Lo cortó y lo hizo trenzas, lo enmarañó, lo ató todo con cuidado. Nunca se había visto tan dulce, tan sonriente, es su puta vida había estado tan enamorado. A mitad de camino se dio cuenta de que estaba cantando, y se puso a girar la cabeza, pero ya no le sonaba el cuello. Sus músculos estaban todos relajados, descontando los de la cara, que no paraban de sonreír.

Tenía una cosa... algo adentro se le inflaba, y cortaba. Cortaba y silbaba, tomaba agua de un vaso gigante.

Cuando llego al pico de moverse de contento, se dejo llegar a la cara. Cortó un labio y de ahí saliò sangre. No sabía si podía salir mucha, no sabía tanto de esas cosas, pero salió la sangre del tajo y le tiñó los dedos. Éxtasis total, la acercó, la olió, por supuesto que no la probó, nada raro. Se lavó los dedos en el vaso, ya no iba a tomar.

De los pómulos sacó lo que pudo, lonjas de varios tipos. Con los ojos tuvo cuidado, los quería bien sanos. Cómo le gustaba, eso no tenía nombre. Si tuviese que ponerse elegir, era la mejor mañana de su vida.

Terminó, la primera gran parte ya estaba,se fue a almorzar y la mente divagaba. No podía dejar de repetir todo lo anterior, retrocedía, adelantaba, frenaba, pasaba cuadro, cuadro, cuadro. Casi no comía, se le caían las ideas en el plato, planes a futuro que le enfriaban las papas. Para el borde de la bañadera iba a usar verde. La comida del perro de la otra semana iba a ser variada, la piñata bien llena en el cumple de Mica. No había sinanpsis más que para eso, así que volvió a la mesa.

Estaba todo ahí ordenado, separado por tamaños en la pieza que afuera se caía a pedazos. Sacó una lámpara de abajo de la mesa, puso colorante azul en un plato y empezó e decorado. Entra pedacito, se moja, se pega en el borde de la lámpara, así varias veces. La tintura no tenía la textura de la sangre, y si se caía era más dificil de restañar, pero el color carne con el azul tenía buen efecto. Cuando dejó eso, guardó el resto en el freezer, menos un platito de triángulos, que fueron a parar a la heladera, y los huesos, que fueron a un baúl. Las víceras quedaron en una bolsa y a los ojos los separó, uno al llavero y otro el la mesa del televisor.

El perro comió balanceado con hígado, riñones, páncreas, y lo último que le dio fueron los ovarios. Pulmones no le dio, le daba miedo que se muriera. Las víceras no le gustaban tanto, y pasó a considerarlas partes de otra cosa. Con la carne siguió inventando. Una vez hasta salió de su casa haciendo un camino de falanges, como Hansel y Gretel. La casa nunca había estado tan colorida, y hasta los dedos le habían tomado el tono de las tinturas. Empezó a poner música efusiva, la casa de afuera con los oídos destapados era otra, se escuchaba bien pero se seguía cayendo a pedazos.

Bastaba con alejarse quince minutos que ya no aguantaba más, la extrañaba. Quería tener cerca cada pedacito, blanco, rojo, azul, para mirarlos por lo menos. Si estaba lejos, casi siempre era en eso en lo que pensaba. Si le hablaban, raro que contestara. Estaba embobado a más no poder. La gente no lo soportaba, pero estaba tan tratable, tan querible que nadie lo insultaba. En el colectivo a veces se imaginaba frente al freezer, sacando una bolsita y pasándola por sus manos, separando con el movimiento los pedacitos que se habían pegado. Se ponía sentando en el sillón, con el vaso gigante adelante, embocando pedacitos a distancia. Los chicos eran amarillos, los medianos verdes y los rojos valían cien puntos. No era productivo pero sentía que había subido varios peldaños.

Se acordaba muy pocas veces de cuando tenía voz. No le resultaba molesto para nada, pero era más bien innecesario. Esataba tan bien así, con esa nueva forma... no extrañaba hablar y que le contestara, pero había sabido en su momento dar buenas respuestas. Era tranquila, la pasaban bien, a veces gritaban. A estas cosas no las trabajaba mucho: viajaba poco para no alejarse de casa. Se acordó de paso del día ese en que, escuchando música sin hacer nada, ella le había dicho que le gustaba estar ahí sentada, sabiendo que cualquier día que escucharan de nuevo ese tema, el no tendría problema en cortarla en pedacitos. Y ahí estabamos, todos tan contentos.

Unos días después de eso, dos, tres, cuatro semanas, se le acabaron los pedacitos del freezer, pero fue todo tan lento que ni pensó en entrar en pánico. Llegó a casa un día, de lejos y escuchando radio por un auricular, cuando de paso abrió la puerta y vio que la última bolsa ya estaba vacía. El día anterior se le había acalambrado la cara mientas le hacía una tribuna de esferas de carne atrás de los arcos del metegol. Ese día abrió la puerta y se quedó parado un rato, pero no abrio la boca, seguía sin ser bizarro. Antes de sentarse en el sillón puso Meddle pero no se le cayó nada, ya estaba, ya se le había pasado.

viernes, 14 de noviembre de 2008

sobre su espalda

Acostada sobre su espalda, la música no la dejaba escuchar sus pensamientos. Acostada sobre su espalda, las sábanas y el colchón, la música también estimulaba esos pensamientos. El libro que leía también tenía su parte, entreteniéndola hasta el punto de hacer conjeturas propias sobre el tema, y aburriéndola de manera que su mente tenía que salir a buscar otros rumbos. Ahí entraba en juego la música, no de nuevo, sino todo el tiempo, porque el proceso era uno solo.
Perdida y encontrada en sus cavilaciones, no se dio cuenta al instante que no estaba sola en el cuarto. Había una chica ahí sentada, apoyada en una de sus sillas, cruzada de piernas, que la miraba insistente. Qué fastidio hubiese sido darse cuenta antes y perder la nebulosa en la que estaba metida su mente, pero en algún momento iba a tener que pasar, verla viéndola, y tener que hacer todo lo que demande la cortesía.
Hasta ese momento, en su interior, el cuarto estaba vacío. Era todo un espacio inmenso, lleno de aire, muebles y música, en el que lo único que se movía era el aire que ella inhalaba y exhalaba, mas al darse cuenta de que esta chica estaba sentada ahí, el cuarto se volvió pesado, lleno de cosas, gente, presión, mucha presión. Sentía la distancia y la cercanía, sentía la mirada como una luz de lámpara, concentrada en el origen y dispersa sobre ella toda. Por un tiempo, un tiempo muy corto por supuesto, no recordó lo que tenía que hacer, o no pudo descifrar que seguía ahora. En segunda se incorporó, puso el separador y cerró el libro, dando muestras, perceptibles solo para su mente, de que esto la fastidiaba. Se sentó y la miró, pero no dijo nada. Se tocó el pelo y bajó la mirada. ¿Cómo era posible que una sola persona, un volumen de masa tibia, produjera ese efecto en una habitación? No le interesaba preguntarse pro qué estaba allí, ni que era lo que quería, su mente estaba llena de la presión que ejercía tener a otra masa tibia, ajena a la suya, en la misma habitación. El peso de que alguien estuviese allí, con sus pensamientos y necesidades, eso, necesitando algo que ella podía darle.
Sintió que la música estaba más fuerte, que estaba de más. Y eso que la música jamás está de más. Se sintió totalmente obligada a prestar atención a esta persona. Se sentía atada a ella, atada a tener que conformarla en todo, como buena anfitriona, como buena sumisa que era. Le resultaba completamente imposible negarle la atención, hecharse sobre su espalda, sus sábanas y su colchón, y volver a lo que estaba haciendo, no porque no quisiera volver, sino porque el aire ya estaba lleno de ella, su mente estaba atiborrada de ella y de lo que pudiera pensar.
Volvió a mirarla y apagó la música en la justa parte de un tema que siempre la perdía. Abrió la boca para hablar, pero cuando vio el reloj, detrás de la chica, se dio cuenta de que había pasado, a lo sumo, un cuarto de minuto.
-La abuela dice que vayamos a comer, esperemos a que termine el programa este y vamos, que ya le queda poquito.
Estaba sentada de espaldas al televisor

jueves, 4 de septiembre de 2008

Cursar a las 7 libera sensaciones

Se levantó y salio de su casa antes de que siquiera se aclarara el cielo. A esa hora se movía en piloto automático, dejando toda la energía circulante para ser usada en su cerebro. Esperar en la parada, pagar, subir, bajar, caminar, esperar, subir, pagar, todo inconsciente, más inconsciente que rascarse la cabeza, más que dilatar los alveolos. La única actividad del cuerpo es que podía centrar atención era en encontrar un lugar, gran parte de su cerebro estaba avocada a eso, hallar un asiento, cueste lo que cueste. Una vez sentada podría apagar el cuerpo por completo, dejarlo dejarse descansar contra la silla y hundirse en su mente.
Por suerte lo logró con rapidez, ya había adquirido gran maestría en la cuestión, pero una vez posada de lleno en el asiento se sorprendió de lo mucho que podía sentir su cuerpo, sus manos y el peso de los anillos, sus pies en contacto con las botas, el pecho subiendo y bajando bajo la remera. Sentía la presencia del pelo muerto sobre el cuero cabelludo, cada forma, cada hendidura, el largo de sus uñas, sentía sus propias bolsas debajo de los ojos, la boca pastosa por la madrugada, los dientes lisos, la garganta seca. Sentía tanto que llegó a pensar que era la mente la que era ajena a todo. Sentía en especial los ojos, y todo lo que tenía contacto con ellos. Veía todo, captaba todo, cada movimiento imperceptible del resto de la gente, la ciudad moviéndole por la ventana, las carteras y portafolios bronceándose por todos lados. Comenzaba a alarmarse cuando se regularizó la situación. Comenzó con los pies, las rodillas, pero no de abajo hacia arriba. Dejó de sentir gradualmente con todo el cuerpo, como si se apagara la hipersensibilidad en la que estaba sumida. Respirar ya no fue una actividad mental, mucho menos pestañear.
Pero, como era de esperarse, se pasó al otro extremo, y no tardó en dejar de sentir que estaba sentada, vestida, que estaba en un colectivo en movimiento. Su mente tomó total control de todo y lo último que sintió fue su nervio óptico y sus ojos fijos en la ventana, observando el camino, mirando hacia afuera, que ya estaba por aclarar.
Al final, solo atinó a preguntarse:
-¿A donde voy?
No se, pero tu cuerpo ya se levantó para bajarse del vehículo y tu vista sigue fija en la ventana.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Sol

Se levantó y dejó la casa con el Sol ya en medio del cielo, mirando. Caminó todo lo rápido que pudo, primero ligero y luego fue alivianando el paso, no por comodidad, mucho menos por relajación, era el Sol ahí arriva lo que le frenaba los pies con cada paso, como pesas en los pies. Ya avanzadas la cuadras, le ardía la piel como si estuviesen clavandole algo, debajo de la ropa, debajo de la dermis. Antes de darse cuenta, ya se había detenido. Estaba frente al parque y el Sol la agredía de frente como sie stuviese debajo del mismisimo agujero de la capa de ozono. La escupía con fuerza, para aplastarla contra el piso de cemento, a toda costa contra el material caliente, hirviendo como lava, como un pedazo Sol. Logró desviarse al pasto, pero aun así cayó de espaldas y quedó de frente a él, tan imponente, inevadible. Lo único que quedó fue mirarlo, caliente y asesino, verlo hasta reventar en el pasto, su luz que al fin llenó todo hasta sus poros y su cuerpo cambio de un momento a otro de material.