Un buen trabajo es, por ejemplo, uno en el que esperan a que tu papá se muera para echarte.
No se, se me ocurre, pero debe haber más.
Se vienen las hierbas salvajes se vienen.
Mostrando entradas con la etiqueta vanidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vanidad. Mostrar todas las entradas
sábado, 31 de julio de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
Elena es el subdesarrollo, Helena también
Qué hacían los hermanos cubanos mientras acá se calentaban los hornos
Memorias del subdesarrollo, 1968, Tomás Gutierrez Alea
Me hizo recordar esto:
Cuando leí por primera vez L'Etranger (El extranjero, faaa), dejé en mi olvido la segunda parte, la pelea, la muerte, la cárcel, la muerte. Mi subconsciente creó una obra aun más nihilista, con tres recuerdos:
Hoy murió mamá
O fue ayer, no se.
Un funeral dormitando y una pareja en las olas, sal mar y cama.
Cuando ví esta película, recordé eso, Camus. Y de paso seguimos con los nihilistas y los demonios.
Argelia
Fanon
Francia
La nada
quien hace la revolución?
Hoy, que se desmoronan mis esquemas, me voy dando cuenta de todas las mentiras que me fumé, merci cinèma, ojos bien abiertos, en proceso de.
Feliz bi
La nada
Memorias del subdesarrollo, 1968, Tomás Gutierrez Alea
Me hizo recordar esto:
Cuando leí por primera vez L'Etranger (El extranjero, faaa), dejé en mi olvido la segunda parte, la pelea, la muerte, la cárcel, la muerte. Mi subconsciente creó una obra aun más nihilista, con tres recuerdos:
Hoy murió mamá
O fue ayer, no se.
Un funeral dormitando y una pareja en las olas, sal mar y cama.
Cuando ví esta película, recordé eso, Camus. Y de paso seguimos con los nihilistas y los demonios.
Argelia
Fanon
Francia
La nada
quien hace la revolución?
Hoy, que se desmoronan mis esquemas, me voy dando cuenta de todas las mentiras que me fumé, merci cinèma, ojos bien abiertos, en proceso de.
Feliz bi
La nada
martes, 25 de mayo de 2010
Vuelvee
que sin ti la vida se me va (?)
Tratá de volver al blog mujer, un año es mucho tiempo, tres es mucho más.
Tratá de volver al blog mujer, un año es mucho tiempo, tres es mucho más.
miércoles, 13 de febrero de 2008
Lugar común, la peluquería
¿Por qué la aguja en el pajar? ¿Qué tiene que ver con una peluquería? ¿Y qué pasa que ahora hablamos de peluquerías acá? A muchas preguntas, la respuesta es simple. Cuando alguien dice “obra de arte”, tiende a asociarlo con una pintura, una escultura o cualquier otra obra de las artes plásticas. Algunos pensarán en una canción, que son los menos, y a algún otro se le ocurrirá a lo sumo una película o una fotografía. Pero ¿Qué pasa cuando el arte traspasa las barreras de lo tradicional y se mete en lo cotidiano? Fácil, lo ignoramos descaradamente.
El Arte (con mayúscula) está en todas partes y en todo momento. Un artista reconocido como tal sabe esto, pero el resto de la gente no, y menos que menos sabe que ellos mismos, comunes como se ven, son capaces de crear las más bellas obras de arte. Es casual escuchar “es un artista” como si en verdad se refirieran a personas espiritualmente más elevadas, pero así como las agujas en los pajares, los artistas y sus obras no son tan difíciles de encontrar.
La peluquería tiene mala fama: es la viva imagen de la frivolidad, donde el culto a la apariencia y al chismerío conviven bajo un solo techo. Pero por mucho que se la critique, es un lugar común, hasta el más intelectual o el más metafísico tiene que pasar por ahí algunas veces por año.
Se crea o no, la peluquería es una de esas agujas perdidas, además de ser un lugar de paso obligado para todos. Entonces ¿Por qué no tener una mejor concepción de ella? Bueno, esta tarea es fácil, se encariña uno un poco más con el edificio y las personas que trabajan ahí, va más seguido, charla un rato y listo, pero ¿Se podrá reconocer como un arte?
El corte, teñido y peinado del pelo se considera un servicio por el que se paga una tarifa, pero va mucho más allá de la realización de un trabajo. Hablando con una peluquera pude esclarecer mi duda de si la peluquería es un arte o no. “Un peinado tiene colores y formas (me dijo una de las chicas que trabaja en la peluquería que visito a veces), es tridimensional como una escultura. Para hacerlo hay que aprender mucho, en la teoría y en la práctica, y sobre todo hay que saber leer la cara de la clienta. Una se comunica con ella por el espejo. Así se sabe si está quedando satisfecha, si tiene miedo o desconfianza, si le duele. Muchas son muy tímidas, no hablan y después se van desconcertadas. Nuestro trabajo es crear cosas que agraden, que hagan sentir bien. Para eso hay que cuidar hasta el último detalle, si tiene un evento, si vino de rutina o si está deprimida y quiere verse bien. Trabajamos muy exigidos, una sola vez una se casa o cumple quince años, por lo que todo tiene que estar perfecto. A demás, no sólo sobre el pelo se trabaja, hay que cuidar lo que está adentro y afuera de la cabeza. Muchas mujeres vienen deprimidas y lo primero que quieren es verse bien para sentirse bien, nosotras las ayudamos con esto”. Una señora a la que le estaban lavando la cabeza contó que cuando su marido murió, ella dejó de ir a la peluquería (iba semanalmente), pero un día se preguntó “¿Por qué no voy a ir?”. Fue, salió después de mucho tiempo de estar en su casa, y se sintió mejor, contenta y sobre todo bien consigo misma. Las puntas no se florecen solo en el pelo, también hay que cortar las puntas florecidas del alma.
Si Eric Fromm dijo que amar es un arte, salvando las distancias, ¿Por qué no lo va a ser ayudar a las personas a sentirse bien? En Trelew es así, la peluquería es un lugar de contención. La chica con la que hablé viene de Buenos Aires, y dice que allá nadie se interesaba por lo que le pasaba a las clientas. Acá es diferente, no sólo uno se ocupa de ellas sino que ellas también se ocupan de uno, te preguntan cosas, te ayudan. Entre peluqueros las relaciones son profesionales, pero con las clientas, la relación excede los límites del servicio, se crean lazos muy fuertes.
El arte y la cultura (usando mal la palabra) no son sólo para los entendidos. Usemos los términos en su justa acepción, sobre todo para cultura cuya definición fácil es todo lo que el hombre hace en sociedad. Cortar y que te corten el pelo ¿No es algo que el hombre hace en sociedad?
Si bien Einstein no se peinaba jamás, Victoria Ocampo podía pasar mucho tiempo frente al espejo. Para algunos, la peluquería puede parecer una frivolidad pero ¿No será un prejuicio un poco carente de fundamentos?
Puede que la peluquería no esté dentro de “lo que vendrá” en el arte, pero no por eso hay que desvalorizarla. Para algunos, el pelo es lo mismo que un lienzo, y no creo que haga mal de vez en cuando mimarse artísticamente y unirse al celebrado “¡muevan las cabezas!” de don Roberto Giordano.
Publicado en el suplemento ocio creativo, 2006
El Arte (con mayúscula) está en todas partes y en todo momento. Un artista reconocido como tal sabe esto, pero el resto de la gente no, y menos que menos sabe que ellos mismos, comunes como se ven, son capaces de crear las más bellas obras de arte. Es casual escuchar “es un artista” como si en verdad se refirieran a personas espiritualmente más elevadas, pero así como las agujas en los pajares, los artistas y sus obras no son tan difíciles de encontrar.
La peluquería tiene mala fama: es la viva imagen de la frivolidad, donde el culto a la apariencia y al chismerío conviven bajo un solo techo. Pero por mucho que se la critique, es un lugar común, hasta el más intelectual o el más metafísico tiene que pasar por ahí algunas veces por año.
Se crea o no, la peluquería es una de esas agujas perdidas, además de ser un lugar de paso obligado para todos. Entonces ¿Por qué no tener una mejor concepción de ella? Bueno, esta tarea es fácil, se encariña uno un poco más con el edificio y las personas que trabajan ahí, va más seguido, charla un rato y listo, pero ¿Se podrá reconocer como un arte?
El corte, teñido y peinado del pelo se considera un servicio por el que se paga una tarifa, pero va mucho más allá de la realización de un trabajo. Hablando con una peluquera pude esclarecer mi duda de si la peluquería es un arte o no. “Un peinado tiene colores y formas (me dijo una de las chicas que trabaja en la peluquería que visito a veces), es tridimensional como una escultura. Para hacerlo hay que aprender mucho, en la teoría y en la práctica, y sobre todo hay que saber leer la cara de la clienta. Una se comunica con ella por el espejo. Así se sabe si está quedando satisfecha, si tiene miedo o desconfianza, si le duele. Muchas son muy tímidas, no hablan y después se van desconcertadas. Nuestro trabajo es crear cosas que agraden, que hagan sentir bien. Para eso hay que cuidar hasta el último detalle, si tiene un evento, si vino de rutina o si está deprimida y quiere verse bien. Trabajamos muy exigidos, una sola vez una se casa o cumple quince años, por lo que todo tiene que estar perfecto. A demás, no sólo sobre el pelo se trabaja, hay que cuidar lo que está adentro y afuera de la cabeza. Muchas mujeres vienen deprimidas y lo primero que quieren es verse bien para sentirse bien, nosotras las ayudamos con esto”. Una señora a la que le estaban lavando la cabeza contó que cuando su marido murió, ella dejó de ir a la peluquería (iba semanalmente), pero un día se preguntó “¿Por qué no voy a ir?”. Fue, salió después de mucho tiempo de estar en su casa, y se sintió mejor, contenta y sobre todo bien consigo misma. Las puntas no se florecen solo en el pelo, también hay que cortar las puntas florecidas del alma.
Si Eric Fromm dijo que amar es un arte, salvando las distancias, ¿Por qué no lo va a ser ayudar a las personas a sentirse bien? En Trelew es así, la peluquería es un lugar de contención. La chica con la que hablé viene de Buenos Aires, y dice que allá nadie se interesaba por lo que le pasaba a las clientas. Acá es diferente, no sólo uno se ocupa de ellas sino que ellas también se ocupan de uno, te preguntan cosas, te ayudan. Entre peluqueros las relaciones son profesionales, pero con las clientas, la relación excede los límites del servicio, se crean lazos muy fuertes.
El arte y la cultura (usando mal la palabra) no son sólo para los entendidos. Usemos los términos en su justa acepción, sobre todo para cultura cuya definición fácil es todo lo que el hombre hace en sociedad. Cortar y que te corten el pelo ¿No es algo que el hombre hace en sociedad?
Si bien Einstein no se peinaba jamás, Victoria Ocampo podía pasar mucho tiempo frente al espejo. Para algunos, la peluquería puede parecer una frivolidad pero ¿No será un prejuicio un poco carente de fundamentos?
Puede que la peluquería no esté dentro de “lo que vendrá” en el arte, pero no por eso hay que desvalorizarla. Para algunos, el pelo es lo mismo que un lienzo, y no creo que haga mal de vez en cuando mimarse artísticamente y unirse al celebrado “¡muevan las cabezas!” de don Roberto Giordano.
Publicado en el suplemento ocio creativo, 2006
La casa de los espíritus, Isabel Allende
Para muchos, la familia es una institución sagrada, pero en esta obra, es mucho más que esto: es la maqueta de un país entero.
Desde principios de este siglo hasta la vuelta a la democracia, La casa de los espíritus nos lleva a un espacio que ocupa un poco más que 4 simples paredes.
El escenario de la novela de Isabel Allende, nacida en Chile en 1942, sobrina del legendario Salvador Allende, es un país latinoamericano en el siglo XX, visto desde una familia de clase alta, con integrantes por demás peculiares.
Mientras recorremos las páginas que brotaron de nuestro propio suelo, conocemos a la familia Trueba, que mucho nos recuerda a los Buendía en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
No soy de los de la idea de que Allende tiende a plagiar descaradamente al escritor colombiano, sino que creo que esta obra es una creación única e interesante que, tal vez, contiene algún eco de una lectura previa, algo que, según otro gran escritor, Jorge Luis Borges, sucede en todos los libros.
En esta obra, a diferencia de la antes nombrada, el árbol genealógico es simple. Sólo conocemos maridos y mujeres, abuelos y nietos, padres e hijos y tíos y sobrinos. Clara y Esteban Trueba, marido y mujer, comienzan una familia en la que, desgraciadamente, el pasado tiendo a repetirse.
Empezando con la madre de Clara y terminando con su nieta, quien termina la historia, y también la comienza, podemos apreciar la evolución del feminismo en el siglo pasado, comenzando en mujeres admiradas por su belleza, pasando por damas de sociedad promoviendo ideas sindicalistas y terminando en jóvenes que lucharon por la democracia, y fueron vilmente torturadas. El lugar que ocupan las mujeres en esta obra es fuerte y poderoso: muestra mujeres caritativas, apasionadas, luchadoras y fuertes. Mujeres empiezan esta historia, y mujeres están ahí para terminarla.
Que se cuente la historia de toda una familia por varias generaciones nos hace darnos cuenta, enseguida, que es imposible que haya un solo narrador que cuente su historia, en primera persona, y nos hace pensar, tal vez, en un narrador omnisciente. Lo peculiar de esta novela es que, efectivamente, está narrada en primera persona, pero no es uno solo el narrador, y este cambia dependiendo de la versión de la historia o el punto de vista que se quiera trasmitir. Este constante cambio de narrador nos hace pensar en cómo, de alguna forma, se puede trascender a través de la descendencia, y como muchas voces pueden contar la misma historia, con un toque diferente.
Clara, de pequeña, escribe todo en unos cuadernos de escribir la vida, pero ella en ningún momento se convierte en la narradora de la historia. Su personaje es diferente a los otros, su mente es inalcanzable, y ella es el eje principal de la historia, ya sea estando corpóreamente presente, o no. Ella, con sus poderes telequinéticos y sus espontáneas adivinaciones del futuro es quien trae a los espíritus a la casa, y allí quedan. Aunque su objetivo verdadero sea velar por la familia de Clara, puede ser que sea al revés, que la familia sea quien vela por ellos, ya que sin alguien que los sienta y los reconozca, ellos quizás nunca hubieran existido.
Dicen que hay cosas que sólo ven los que pueden soportar su presencia. Nacer y vivir con alguien que mueve cosas sin tocarlas y convoca gente muerta debe dar a quienes viven esta situación una gran fortaleza, que parece acentuarse en las mujeres Trueba, que están, como quien dice, curadas de espanto. Quien conoce mucho, sólo teme a los vivos, y son los vivos quienes siempre tienden a dañar a los miembros de esta familia.
Clara es el espíritu indomable presente en la familia, en cambio, Esteban es el ente regulador, que prohíbe todo, pero no permite juicios sobre él, aún siendo el más carnal de los pecadores. Ya anciano, su mezquindad poco acertada y su rol de terrateniente y político cruel, tiene su recompensa, y cuando su alma comienza a encogerse, digamos que ni su propio cuerpo puede llenar sus zapatos.
En la novela, Allende nos habla de cómo la sabiduría y el éxito residen en quienes rompen los esquemas y ven más allá, pero sin olvidar lo bueno de las tradiciones. Así, en la época de los compañeros huelguistas, un hombre nos cautiva con sus baladas sobre gallinas que, bien organizadas, pueden vencer al más sagaz de los zorros. Lamentablemente, tanto en la vida real como en la ficción, muchas gallinas pagaron la búsqueda de una vida mejor, algunas con la muerte, otras con el exilio del gallinero, y durante muchos años, las gallinas, sus familias, o lo poco que quedó de sus vidas pasadas, quedaron callados.
Durante la época del gallinero, la historia de los Trueba decidió repetirse, y fue la nieta quien pagó con sangre propia la derramada por su abuelo, y la que cobijó en su propio vientre, el fruto de las injusticias cometidas por él. Se llena una de escalofríos al recorrer las páginas que corresponden a los años de la dictadura, a la agonía de los valientes, y a la muerte de muchos ellos. Pero lo peor es que, como todos sabemos, en este caso la realidad superó, por mucho, a la ficción.
Aun siendo muy joven, sin haber vivido ninguno de los acontecimientos narrados en la novela, cuando la leo y la releo, siento que estoy ahí, veo lo que pasa y ruego por que termine. Cuando uno lee una crónica o Nunca más, por ejemplo, entiende la gravedad de los hechos, pero en esta novela, es muy distinto. Aunque no sean personajes reales, uno sabe que alguien, alguna vez, vivió algo así, y al haberlo seguido durante tantas páginas, es imposible no sentirse identificado, cerca de él. Cuando sabemos que es ficción, tal vez tenemos una mayor noción de la realidad que cuando leemos textos verídicos. Es una forma distinta para los que no lo vivimos, o tal vez para lo que lo vivieron de una forma diferente, de entender y asimilar hechos tan terribles y tan reales a la vez.
Después de leer la obra me siento, siendo mujer, orgullosa y afortunada.
Orgullosa de tener el mismo género que esas personas que alguna vez lucharon para que hoy, estemos en el lugar que estamos. De pertenecer a un grupo que combina las dosis perfectas de pasión e intelecto necesarias para conseguir todo lo que se quiere, y de querer todo lo que se consigue. De tener madre, abuela o hermanas y ver cuánto nos parecemos, y también cuán diferentes somos, y cómo juntas somos una sola, pero a la vez, somos muchas.
Orgullosa sobre todo de que haya sido una mujer quien haya escrito una novela tan impactante, y que luego esa misma mujer sea puesta entre los grandes, que hasta el momento, eran en su mayoría hombres. Lo increíble es eso, que las mujeres trabajen para el bien propio, pero siempre que logran algo, reconocen que el crédito es de todas, no les importa compartir lo suyo con las demás porque saben que cada una, desde su propio espacio, contribuyó a ese momento. Isabel Allende dedicó esta historia A mi madre y las otras extraordinarias mujeres de esta historia.
No quiero decir con esto que la novela sea sólo para mujeres, no. A todos les llegará un momento en el que se sientan identificados, o de no ser así, conmovidos. Ya les haya tocado ser zorros o gallinas, o sus padres o hijos, todos entramos en la familia Trueba, con sus viejas tradiciones o sus nuevos cambios, porque al final, todas las casas están llenas de espíritus, nada más basta con saber ver, escuchar, y sobre todo, interpretar y sentir.
Concurso del centro cultural de Trelew, adultos, año 2006 bajo el pseudónimo de Clara Clarividente
Desde principios de este siglo hasta la vuelta a la democracia, La casa de los espíritus nos lleva a un espacio que ocupa un poco más que 4 simples paredes.
El escenario de la novela de Isabel Allende, nacida en Chile en 1942, sobrina del legendario Salvador Allende, es un país latinoamericano en el siglo XX, visto desde una familia de clase alta, con integrantes por demás peculiares.
Mientras recorremos las páginas que brotaron de nuestro propio suelo, conocemos a la familia Trueba, que mucho nos recuerda a los Buendía en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
No soy de los de la idea de que Allende tiende a plagiar descaradamente al escritor colombiano, sino que creo que esta obra es una creación única e interesante que, tal vez, contiene algún eco de una lectura previa, algo que, según otro gran escritor, Jorge Luis Borges, sucede en todos los libros.
En esta obra, a diferencia de la antes nombrada, el árbol genealógico es simple. Sólo conocemos maridos y mujeres, abuelos y nietos, padres e hijos y tíos y sobrinos. Clara y Esteban Trueba, marido y mujer, comienzan una familia en la que, desgraciadamente, el pasado tiendo a repetirse.
Empezando con la madre de Clara y terminando con su nieta, quien termina la historia, y también la comienza, podemos apreciar la evolución del feminismo en el siglo pasado, comenzando en mujeres admiradas por su belleza, pasando por damas de sociedad promoviendo ideas sindicalistas y terminando en jóvenes que lucharon por la democracia, y fueron vilmente torturadas. El lugar que ocupan las mujeres en esta obra es fuerte y poderoso: muestra mujeres caritativas, apasionadas, luchadoras y fuertes. Mujeres empiezan esta historia, y mujeres están ahí para terminarla.
Que se cuente la historia de toda una familia por varias generaciones nos hace darnos cuenta, enseguida, que es imposible que haya un solo narrador que cuente su historia, en primera persona, y nos hace pensar, tal vez, en un narrador omnisciente. Lo peculiar de esta novela es que, efectivamente, está narrada en primera persona, pero no es uno solo el narrador, y este cambia dependiendo de la versión de la historia o el punto de vista que se quiera trasmitir. Este constante cambio de narrador nos hace pensar en cómo, de alguna forma, se puede trascender a través de la descendencia, y como muchas voces pueden contar la misma historia, con un toque diferente.
Clara, de pequeña, escribe todo en unos cuadernos de escribir la vida, pero ella en ningún momento se convierte en la narradora de la historia. Su personaje es diferente a los otros, su mente es inalcanzable, y ella es el eje principal de la historia, ya sea estando corpóreamente presente, o no. Ella, con sus poderes telequinéticos y sus espontáneas adivinaciones del futuro es quien trae a los espíritus a la casa, y allí quedan. Aunque su objetivo verdadero sea velar por la familia de Clara, puede ser que sea al revés, que la familia sea quien vela por ellos, ya que sin alguien que los sienta y los reconozca, ellos quizás nunca hubieran existido.
Dicen que hay cosas que sólo ven los que pueden soportar su presencia. Nacer y vivir con alguien que mueve cosas sin tocarlas y convoca gente muerta debe dar a quienes viven esta situación una gran fortaleza, que parece acentuarse en las mujeres Trueba, que están, como quien dice, curadas de espanto. Quien conoce mucho, sólo teme a los vivos, y son los vivos quienes siempre tienden a dañar a los miembros de esta familia.
Clara es el espíritu indomable presente en la familia, en cambio, Esteban es el ente regulador, que prohíbe todo, pero no permite juicios sobre él, aún siendo el más carnal de los pecadores. Ya anciano, su mezquindad poco acertada y su rol de terrateniente y político cruel, tiene su recompensa, y cuando su alma comienza a encogerse, digamos que ni su propio cuerpo puede llenar sus zapatos.
En la novela, Allende nos habla de cómo la sabiduría y el éxito residen en quienes rompen los esquemas y ven más allá, pero sin olvidar lo bueno de las tradiciones. Así, en la época de los compañeros huelguistas, un hombre nos cautiva con sus baladas sobre gallinas que, bien organizadas, pueden vencer al más sagaz de los zorros. Lamentablemente, tanto en la vida real como en la ficción, muchas gallinas pagaron la búsqueda de una vida mejor, algunas con la muerte, otras con el exilio del gallinero, y durante muchos años, las gallinas, sus familias, o lo poco que quedó de sus vidas pasadas, quedaron callados.
Durante la época del gallinero, la historia de los Trueba decidió repetirse, y fue la nieta quien pagó con sangre propia la derramada por su abuelo, y la que cobijó en su propio vientre, el fruto de las injusticias cometidas por él. Se llena una de escalofríos al recorrer las páginas que corresponden a los años de la dictadura, a la agonía de los valientes, y a la muerte de muchos ellos. Pero lo peor es que, como todos sabemos, en este caso la realidad superó, por mucho, a la ficción.
Aun siendo muy joven, sin haber vivido ninguno de los acontecimientos narrados en la novela, cuando la leo y la releo, siento que estoy ahí, veo lo que pasa y ruego por que termine. Cuando uno lee una crónica o Nunca más, por ejemplo, entiende la gravedad de los hechos, pero en esta novela, es muy distinto. Aunque no sean personajes reales, uno sabe que alguien, alguna vez, vivió algo así, y al haberlo seguido durante tantas páginas, es imposible no sentirse identificado, cerca de él. Cuando sabemos que es ficción, tal vez tenemos una mayor noción de la realidad que cuando leemos textos verídicos. Es una forma distinta para los que no lo vivimos, o tal vez para lo que lo vivieron de una forma diferente, de entender y asimilar hechos tan terribles y tan reales a la vez.
Después de leer la obra me siento, siendo mujer, orgullosa y afortunada.
Orgullosa de tener el mismo género que esas personas que alguna vez lucharon para que hoy, estemos en el lugar que estamos. De pertenecer a un grupo que combina las dosis perfectas de pasión e intelecto necesarias para conseguir todo lo que se quiere, y de querer todo lo que se consigue. De tener madre, abuela o hermanas y ver cuánto nos parecemos, y también cuán diferentes somos, y cómo juntas somos una sola, pero a la vez, somos muchas.
Orgullosa sobre todo de que haya sido una mujer quien haya escrito una novela tan impactante, y que luego esa misma mujer sea puesta entre los grandes, que hasta el momento, eran en su mayoría hombres. Lo increíble es eso, que las mujeres trabajen para el bien propio, pero siempre que logran algo, reconocen que el crédito es de todas, no les importa compartir lo suyo con las demás porque saben que cada una, desde su propio espacio, contribuyó a ese momento. Isabel Allende dedicó esta historia A mi madre y las otras extraordinarias mujeres de esta historia.
No quiero decir con esto que la novela sea sólo para mujeres, no. A todos les llegará un momento en el que se sientan identificados, o de no ser así, conmovidos. Ya les haya tocado ser zorros o gallinas, o sus padres o hijos, todos entramos en la familia Trueba, con sus viejas tradiciones o sus nuevos cambios, porque al final, todas las casas están llenas de espíritus, nada más basta con saber ver, escuchar, y sobre todo, interpretar y sentir.
Concurso del centro cultural de Trelew, adultos, año 2006 bajo el pseudónimo de Clara Clarividente
El túnel de Ernesto Sábato
Mientras escribo esta reseña pienso en Sábato, destruyendo sus obras y en Castel, destruyendo a María.
El túnel es la novela del argentino Ernesto Sábato, nacido en Rojas, provincia de Buenos Aires, en el año 1911. Se recibió de doctor en Física a la temprana edad de 27 años, siendo altamente reconocido en Europa y Estados Unidos. A partir de 1943 su pasión se traslada paulatinamente a la escritura de ficciones y ensayos, y a la pintura, creando obras de carácter más bien sombrío. En sus producciones literarias se destacan Sobre héroes y tumbas (1961), Abaddon el exterminador (1974) y El túnel. Es la última una magnífica novela dividida en 39 oscuros capítulos que narran la historia del pintor Juan Pablo Castel, quien cobra la vida de su amor y más grande obsesión: Maria Iribarne.
Esta fuerte crítica a la incomunicación humana establece lo que parece ser un fuerte vínculo entre el escritor y el narrador. Ambos pintores, Sábato y Castel, son incomprendidos a través de sus pinturas, si bien las críticas entierran a uno en la realidad y dan el cielo al otro en la ficción es notorio el rechazo de ambos hacia los críticos.
A través de su obra Castel conoce inintencionalmente a la joven María Iribarne. Mientras todo el público fija su mirada en las pinturas de una forma superficial, casi frívola, María es la única que se percata del verdadero significado de la obra, solo ella capta la esencia del pintor.
Así comienza el juego de seducción de esta perdida joven y es así también como el solitario pintor ve en ella el complemento de su lóbrega alma, y vuelve a Maria objeto de su adoración. La inconstancia en su relación cada vez exaspera más al impaciente arista, y el hecho de descubrir su comprometido estado civil lo turba gravemente.
“-Hay muchas maneras de amar y querer- respondió cansada-. Te imaginaras que ahora no puedo seguir queriendo a Allende como hace años, cuando nos casamos, de la misma manera-.”
La bigamia de Maria no es el único problema en la relación: también esta el carácter obsesivo del pintor, y cuando la bigamia se vuelve más bien una poligamia él se va volviendo pernicioso para la joven. Sus constantes visitas a la estancia, las corridas a la cama de su primo Hunter vuelven al solitario artista cada vez más desquiciado. María es el mar, él es un túnel. Ella es fluctuante, poderosa, fulminante. Pero también es independiente y solitaria. Muestra en ella rasgos de una larga vida en un joven cuerpo. Es incapaz de amar y esto la atormenta, va de un hombre a otro sin encontrar las satisfacciones del amor, aunque en Castel encuentra algo especial, alguien que comprende su atormentada alma, que puede salvarla. Pero a la vez, él también busca la contención de ella, ambos incomprendidos, bastos y solitarios viven sus cárceles y sus calvarios, buscando vanamente la ayuda del otro, encontrando solamente dolor.
Juan Pablo vive en un túnel, oscuro y sombrío, un hueco en el que a veces pueden verse vagas imágenes del otro lado. Su interlocutora es María, solo con ella las pétreas paredes se vuelven vidrio, pero la curiosidad de ella es limitada, no es capaz de comunicarse más que con el mar y es por eso que la libertad de ambos es imposible. Las chances de María se hunden en sus remordimientos, las de Castel, en obsesiones.
Al contrario de lo que muchos creen al analizar la obra, puedo decir que no hay una luz al fondo del túnel de Castel, solo paredes finas o paredes gruesas, solitarias imágenes de lo que se anhela y no se puede alcanzar. Pero por transparente que sea el vidrio, la luz se ve difusa a través del agua.
Tantos ricos momentos tiene esta obra. Cuando él pinta ese cuadro, esa imagen melancólica, esa muchacha nostálgica frente al mar, y María aparece para verse, tal vez por primera vez, verdaderamente revelada, solitaria, una sola con la inmensidad que la rodea. Las ficticias construcciones de Juan Pablo, momentos en los que pueda reencontrarse con su musa accidental, verla, o tan solo hablarle. Lo encuentros en las plazas de Buenos Aires, las cartas desesperadas de él, las perdidas y trises de ella. Las peleas en el taller, los esposos peculiares, petulantes amantes estancieros, las excusas del campo y los desbordes y excesos de Castel, como el alcohol y la dudosa compañía que lo llevan a trasladar todo el tormento de su alma a la mujer del mar, el océano que poco a poco fue desgastando las rocas de la bahía, algunas muertas, otras resignadas, hasta que una, la mas oscura, la mas intransigente, la mas sombría sale de su cárcel al filo de un cuchillo, solo para encerrarse en un calabozo aun mayor en el que el murmullo de la espuma de mar lo vuelve mas pétreo y atormentado que antes.
“Poniendo una mano izquierda sobre sus cabellos, le respondí:-Tengo que matarte, María. Me has dejado solo.- Entonces, llorando, le clave el cuchillo en el pecho.”
La desesperante novela se Sábato y su dedicado y ajustado uso del lenguaje hace que a través de Castel conozcamos una historia dentro de la otra, un relato enmarcado: por un lado, un hombre que esa en la cárcel, por otro, el mismo hombre y su obsesión que llevan aun al alma mas simple a reflexionar sobre nuestra relación con el entorno, la comunicación que tenemos con este y la realidad en que vivimos. La contemporaneidad con la que esta escrita la obra y lo familiares que pueden parecernos los lugares que describe nos llevan al siguiente, muy inquietante interrogante ¿Será el personaje de ficción el que vive en un túnel o seremos todos túneles aislados, unos con paredes más translúcidas que otros, pero túneles al fin?¿Estaremos juntos o es sólo una convicción, una inútil convicción nuestra?¿No seremos todos Allende, ciegos por no querer ver, convencidos de que ojos que no ven, corazón que no siente, conformados con nuestro rol aunque sea una farsa, una triste mentira de gente cristalizada, solitaria, en busca de un mar que nos de la convicción de que hay una luz al final del túnel pero en verdad, ya quedamos ciegos de no ver y nuestra visión de sombras nos ha consumido?¿Será Castel el del túnel o somos todos, y él es el único pájaro libre, que se liberó de sus paredes, que ya no tiene que engañarse porque sabe que al final del túnel hay solo una cosa: más túnel?
“...en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío”.
Concurso del centro cultural de Trelew, año 2006, Bajo el pseudónimo de Alejandra Vidal Olmos
El túnel es la novela del argentino Ernesto Sábato, nacido en Rojas, provincia de Buenos Aires, en el año 1911. Se recibió de doctor en Física a la temprana edad de 27 años, siendo altamente reconocido en Europa y Estados Unidos. A partir de 1943 su pasión se traslada paulatinamente a la escritura de ficciones y ensayos, y a la pintura, creando obras de carácter más bien sombrío. En sus producciones literarias se destacan Sobre héroes y tumbas (1961), Abaddon el exterminador (1974) y El túnel. Es la última una magnífica novela dividida en 39 oscuros capítulos que narran la historia del pintor Juan Pablo Castel, quien cobra la vida de su amor y más grande obsesión: Maria Iribarne.
Esta fuerte crítica a la incomunicación humana establece lo que parece ser un fuerte vínculo entre el escritor y el narrador. Ambos pintores, Sábato y Castel, son incomprendidos a través de sus pinturas, si bien las críticas entierran a uno en la realidad y dan el cielo al otro en la ficción es notorio el rechazo de ambos hacia los críticos.
A través de su obra Castel conoce inintencionalmente a la joven María Iribarne. Mientras todo el público fija su mirada en las pinturas de una forma superficial, casi frívola, María es la única que se percata del verdadero significado de la obra, solo ella capta la esencia del pintor.
Así comienza el juego de seducción de esta perdida joven y es así también como el solitario pintor ve en ella el complemento de su lóbrega alma, y vuelve a Maria objeto de su adoración. La inconstancia en su relación cada vez exaspera más al impaciente arista, y el hecho de descubrir su comprometido estado civil lo turba gravemente.
“-Hay muchas maneras de amar y querer- respondió cansada-. Te imaginaras que ahora no puedo seguir queriendo a Allende como hace años, cuando nos casamos, de la misma manera-.”
La bigamia de Maria no es el único problema en la relación: también esta el carácter obsesivo del pintor, y cuando la bigamia se vuelve más bien una poligamia él se va volviendo pernicioso para la joven. Sus constantes visitas a la estancia, las corridas a la cama de su primo Hunter vuelven al solitario artista cada vez más desquiciado. María es el mar, él es un túnel. Ella es fluctuante, poderosa, fulminante. Pero también es independiente y solitaria. Muestra en ella rasgos de una larga vida en un joven cuerpo. Es incapaz de amar y esto la atormenta, va de un hombre a otro sin encontrar las satisfacciones del amor, aunque en Castel encuentra algo especial, alguien que comprende su atormentada alma, que puede salvarla. Pero a la vez, él también busca la contención de ella, ambos incomprendidos, bastos y solitarios viven sus cárceles y sus calvarios, buscando vanamente la ayuda del otro, encontrando solamente dolor.
Juan Pablo vive en un túnel, oscuro y sombrío, un hueco en el que a veces pueden verse vagas imágenes del otro lado. Su interlocutora es María, solo con ella las pétreas paredes se vuelven vidrio, pero la curiosidad de ella es limitada, no es capaz de comunicarse más que con el mar y es por eso que la libertad de ambos es imposible. Las chances de María se hunden en sus remordimientos, las de Castel, en obsesiones.
Al contrario de lo que muchos creen al analizar la obra, puedo decir que no hay una luz al fondo del túnel de Castel, solo paredes finas o paredes gruesas, solitarias imágenes de lo que se anhela y no se puede alcanzar. Pero por transparente que sea el vidrio, la luz se ve difusa a través del agua.
Tantos ricos momentos tiene esta obra. Cuando él pinta ese cuadro, esa imagen melancólica, esa muchacha nostálgica frente al mar, y María aparece para verse, tal vez por primera vez, verdaderamente revelada, solitaria, una sola con la inmensidad que la rodea. Las ficticias construcciones de Juan Pablo, momentos en los que pueda reencontrarse con su musa accidental, verla, o tan solo hablarle. Lo encuentros en las plazas de Buenos Aires, las cartas desesperadas de él, las perdidas y trises de ella. Las peleas en el taller, los esposos peculiares, petulantes amantes estancieros, las excusas del campo y los desbordes y excesos de Castel, como el alcohol y la dudosa compañía que lo llevan a trasladar todo el tormento de su alma a la mujer del mar, el océano que poco a poco fue desgastando las rocas de la bahía, algunas muertas, otras resignadas, hasta que una, la mas oscura, la mas intransigente, la mas sombría sale de su cárcel al filo de un cuchillo, solo para encerrarse en un calabozo aun mayor en el que el murmullo de la espuma de mar lo vuelve mas pétreo y atormentado que antes.
“Poniendo una mano izquierda sobre sus cabellos, le respondí:-Tengo que matarte, María. Me has dejado solo.- Entonces, llorando, le clave el cuchillo en el pecho.”
La desesperante novela se Sábato y su dedicado y ajustado uso del lenguaje hace que a través de Castel conozcamos una historia dentro de la otra, un relato enmarcado: por un lado, un hombre que esa en la cárcel, por otro, el mismo hombre y su obsesión que llevan aun al alma mas simple a reflexionar sobre nuestra relación con el entorno, la comunicación que tenemos con este y la realidad en que vivimos. La contemporaneidad con la que esta escrita la obra y lo familiares que pueden parecernos los lugares que describe nos llevan al siguiente, muy inquietante interrogante ¿Será el personaje de ficción el que vive en un túnel o seremos todos túneles aislados, unos con paredes más translúcidas que otros, pero túneles al fin?¿Estaremos juntos o es sólo una convicción, una inútil convicción nuestra?¿No seremos todos Allende, ciegos por no querer ver, convencidos de que ojos que no ven, corazón que no siente, conformados con nuestro rol aunque sea una farsa, una triste mentira de gente cristalizada, solitaria, en busca de un mar que nos de la convicción de que hay una luz al final del túnel pero en verdad, ya quedamos ciegos de no ver y nuestra visión de sombras nos ha consumido?¿Será Castel el del túnel o somos todos, y él es el único pájaro libre, que se liberó de sus paredes, que ya no tiene que engañarse porque sabe que al final del túnel hay solo una cosa: más túnel?
“...en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío”.
Concurso del centro cultural de Trelew, año 2006, Bajo el pseudónimo de Alejandra Vidal Olmos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
